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El compromiso incumplido con nuestros jóvenes
Koichiro Matsuura
El autor es director general de la UNESCO.
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Los países del mundo entero se han comprometido a conseguir para 2010 que se imparta al 95 por ciento de los jóvenes una educación sobre el VIH y el sida.

Por desgracia, es poco probable que alcancemos ese objetivo.

Hoy en día, al celebrarse la 17 conferencia internacional sobre el sida, más de 33 millones de habitantes de nuestro planeta viven con esta enfermedad, y sólo menos de la mitad de los jóvenes del mundo han recibido una educación para prevenir la infección por el VIH.

Los jóvenes son un elemento central de la crisis mundial del sida y el número de ellos afectados por esta epidemia alcanza proporciones desmesuradas. En todo el mundo hay unos 5.4 millones de jóvenes que viven con el VIH y, además, el 40 por ciento de las nuevas infecciones que se produjeron el año pasado afectaron a personas con edades comprendidas entre 15 y 24 años.

No obstante, numerosos estudios demuestran que, cuando se benefician de una información y formación adecuadas, los jóvenes pueden modificar sus conductas y reducir así el riesgo de infectarse por el VIH y de transmitirlo a otras personas. En los países donde se han llevado a cabo campañas de prevención del VIH a gran escala —por ejemplo, en Haití, Camerún y Kenya— hay muchas más posibilidades de que los jóvenes posterguen el inicio de sus vidas sexuales y a utilizar preservativos. Esta modificación de su conducta está desembocando en una disminución real de los índices de infección por el VIH.

La educación debe ser la clave de la prevención.

Para que la prevención del VIH sea eficaz, es necesario que los jóvenes tomen medidas para reducir el riesgo que corren. Esto depende, a su vez, del grado de conciencia que tengan del peligro que corren, así como de su capacidad para mantener relaciones sexuales protegidas. La educación es el instrumento que proporciona la información y la capacitación necesarias.

La educación relativa al VIH y el sida debe comprender, como mínimo, una información sobre el virus y sus formas de transmisión. También debe comprender, a partir de un cierto momento, una enseñanza sobre la sexualidad y las relaciones entre ambos sexos, por la sencilla razón de que el 75 por ciento de las contaminaciones por el VIH se transmiten por vía sexual.

Los centros docentes tienen que desempeñar un papel importante en la preparación de los niños y los jóvenes para la vida adulta y sus responsabilidades futuras. Si se tiene en cuenta que la población de cinco a trece años de edad de la mayoría de los países pasa una parte considerable de su tiempo en la escuela, no cabe duda de que ésta constituye un medio sumamente práctico de impartir a un sinnúmero de jóvenes educación sobre el VIH y el sida, de forma duradera y reproducible a la vez.

Además, en muchos países los jóvenes van a tener sus primeras experiencias sexuales cuando todavía estén escolarizados, lo cual hace que el contexto escolar cobre mayor importancia, ya que ofrece la posibilidad de impartir educación sobre la salud sexual y reproductiva.

Pese a la importancia obvia de la escuela en la educación sobre la sexualidad, las relaciones entre hombres y mujeres y el VIH, son demasiado pocos los jóvenes de ambos sexos que reciben una preparación mínima para su vida sexual adulta. En muchos programas de enseñanza sobre el VIH y el sida, el debate sobre los temas sexuales se elude pura y simplemente, centrándose en cambio la atención —a veces, exclusivamente— en las posibles consecuencias negativas de las relaciones sexuales.

Se tropieza con problemas considerables para impartir una educación sobre la sexualidad que esté basada en datos empíricos y se adapte a la edad de los educandos. Está muy extendida la idea equivocada de que impartir educación sexual a los jóvenes les instiga a iniciar experiencias de este tipo. Este error pernicioso se perpetúa, a pesar de que hay sólidos datos empíricos que demuestran que la educación sexual no trae consigo un aumento de las experiencias sexuales. Al contrario, una educación global de buena calidad sobre la sexualidad puede conducir a una disminución de los embarazos de las jóvenes y de las enfermedades sexualmente transmisibles, comprendido el sida.

En última instancia, es necesario que los gobiernos muestren una capacidad de dirección más firme para apoyar el establecimiento de una educación sobre la sexualidad y también para vencer las resistencias de las comunidades allí donde se den. En un cierto número de países esto ya está sucediendo, y se están sacando lecciones importantes sobre la manera de adaptar ese tipo de educación a la edad de los educandos y las diferentes sensibilidades culturales. En su calidad de copatrocinadora del Programa ONUSIDA, la UNESCO se ha comprometido a prestar su pleno apoyo a los países que establezcan o refuercen en los centros escolares una educación sobre la sexualidad.

La Primera Reunión de Ministros de Salud y Educación para detener el avance del VIH y sida en Latinoamérica y el Caribe, celebrada en México esta semana, ha ofrecido una ocasión a los gobiernos para demostrar que están seriamente decididos a alcanzar las metas de los Objetivos de Desarrollo del Milenio relativas a los jóvenes y la prevención de la propagación del VIH. Por invitación del Gobierno mexicano —y con la cooperación de las organizaciones del sistema de las Naciones Unidas— los gobiernos de América Latina y el Caribe han firmado una ambiciosa declaración de gran alcance sobre la educación sexual en la región. A las demás regiones del mundo les corresponde ahora seguir este ejemplo.

Se ha perdido ya demasiado tiempo. Se han incumplido demasiadas promesas. Hemos perdido demasiadas vidas humanas a causa del sida, cuando se puede prevenir. La educación sexual es imprescindible para que sea plenamente eficaz la prevención de esta enfermedad, y el acceso a este tipo de educación no sólo entraña una responsabilidad moral, sino que además es un derecho humano.

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