En El Salvador hay alarma entre la población democrática ante la posibilidad real de que el partido de extrema izquierda denominado Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que es un gemelo político e ideológico del FSLN de Nicaragua, gane las elecciones de principios del próximo año y hunda a ese dinámico y próspero país centroamericano en una situación de desastre. Como la de Nicaragua, como la que ya sufrieron los nicaragüenses en los trágicos años ochenta del siglo pasado y como la que están sufriendo ahora, de nuevo, con el segundo desgobierno de Daniel Ortega.
“Caminamos al borde del abismo; un mal paso y todo se derrumba, como sucedió a Nicaragua, que no logra salir de su miseria haitiana, la sandinista”, dijo en su Editorial del 17 de julio recién pasado el periódico salvadoreño El Diario de Hoy. Ese mal paso se daría si la mayor parte de los electores salvadoreños favoreciera con el voto al FMLN. Y esta ominosa posibilidad se ha hecho patente en las encuestas, las cuales, hasta ahora demuestran que el FMLN lleva entre 6 y 7 puntos de ventaja sobre el gobernante partido democrático de derecha, la Alianza Republicana Nacionalista (Arena).
El mayor problema de El Salvador al respecto, es que no hay otro partido democrático de derecha o de centro que sea capaz de relevar en el Gobierno a Arena, el cual ha ganado cuatro elecciones presidenciales seguidas y por lo tanto ha gobernado durante igual número de períodos gubernamentales consecutivos. Los otros partidos democráticos de centro y derecha en El Salvador, el Demócrata Cristiano (PDC) y el de Conciliación Nacional (PCN), se han reducido tanto que en la elección presidencial anterior, en el año 2004, el primero obtuvo sólo el 3.9 por ciento del total de votos y el segundo apenas el 2.7 por ciento.
El partido Arena, que ganó la elección presidencial del 2004 con el 57.7 por ciento de los votos, ha gobernado muy bien durante los cuatro períodos en los que ha estado en el poder. Arena ha fortalecido la seguridad jurídica, las libertades públicas, los derechos democráticos y el clima de negocios en ese país, y ha impulsado el crecimiento y el desarrollo económico y social a un ritmo que ya se quisiera en Nicaragua. Pero en el sistema político democrático los partidos inevitablemente se desgastan en el ejercicio del poder; y los ciudadanos se cansan de tener el mismo partido en el Gobierno, por demasiado tiempo, aunque sea exitoso. Además, muchos salvadoreños culpan al Gobierno de Arena por las dificultades económicas que causa el impacto del alto precio del petróleo, así como por la violencia que azota al país agredido por el crimen organizado y el pandillerismo.
El candidato presidencial de derecha, Rodrigo Ávila, en el curso de su campaña electoral se ha empeñado en promover la renovación y fortalecimiento de Arena, el único partido que tiene capacidad para derrotar al FMLN e impedir que El Salvador caiga en poder de la izquierda caníbal y, por lo tanto, en el hoyo del desastre, como Nicaragua. Ávila está transformando a Arena en un partido de “derecha popular y subsidiaria”, como él la denomina. “Somos un concepto de nueva derecha —asegura Ávila—, una derecha popular, más amplia, más incluyente, un partido que retome su esencia histórica, orientado a trabajar por las grandes mayorías, por las personas pobres”.
Por supuesto que —según aclara Rodrigo Ávila— el concepto de derecha popular no tiene nada que ver con el populismo izquierdista, el cual ofrece todo lo que la gente quiere escuchar aunque no sea lo correcto ni tenga la intención de cumplir lo que promete. Y tiene razón Ávila. Quien lo dude que vea la dolorosa experiencia de Nicaragua. “Si me dicen que soy una persona de derecha porque no creo en el terrorismo, ni en el comunismo, en el autoritarismo, en el mesianismo, entonces soy de derecha; pero yo creo en un Gobierno subsidiario, que se oriente a dar más y mejores servicios, que genere condiciones de salud para el pueblo, que dé educación gratuita y que no permita que ningún anciano perezca... Creo en un Gobierno democrático que tenga una función social”, ha señalado el candidato presidencial de Arena. Y en su triunfo electoral radica la única esperanza de que el pueblo salvadoreño no caiga en el abismo en que ha caído el pueblo nicaragüense, ya por segunda ocasión, lo cual es inaudito e imperdonable.