Ciertamente las marchas ciudadanas no son un fin en sí misma, solamente son un medio para alcanzar algunos objetivos en el desarrollo social y político de la sociedad. Cuando vemos y vivimos movilizaciones sociales en la Nicaragua del 2008, es obligado hacernos las siguientes reflexiones:
Primero, las marchas son determinantes porque colectivizan las voluntades. Las personas de forma íntima descubren que no es solamente su individualidad la que está observando algún hecho no deseable, sino que descubre que hay un colectivo que comparte ideas, apreciaciones, sentimientos que también buscan un refugio, una respuesta, un cambio.
Segundo, las marchas también son una oportunidad para informar e informarse. La sociedad cuando marcha voluntariamente y sin coacción logra observar, enseñar, aprender, ser creativo, interrelacionarse, y acercar voluntades y fuerza. Esa fuerza que es la voluntad, la energía de cada persona que se refleja en las ideas y en el actuar. Las marchas despiertan conciencia, es decir conocimiento.
Tercero, en una marcha todos somos iguales y diferentes a la vez. Mujeres y hombres, bajos y altos de estatura, negros y blancos, empleados y desempleados, profesionales y técnicos, analfabetas e ilustrados, políticos y religiosos, campesinos y estudiantes, jóvenes y adultos, pero, lo interesante es que todos estamos expresando una demanda, un interés, un deseo, y lo mejor es que aún en medio de la diversidad algo tenemos en común: la búsqueda de un cambio.
Cuarto, las marchas son generadoras de esperanza. Las marchas aunque no son un fin, sino un medio, tienen la virtud de producir esperanza, de abrir un sitio en la conciencia colectiva e individual. Con las marchas la gente se apropia de una sensación de acompañamiento y de convencimiento que algo cambiará en las relaciones sociales y políticas. La esperanza no te resuelve la necesidad, pero te ayuda a identificar el método apropiado para transformar la realidad.
Quinto, la sociedad nicaragüense necesita de muchas marchas, del ejercicio de las marchas, por una razón sencilla, el país recientemente salió de un ambiente bélico, no más de una década y media que dejamos de escuchar los balazos, y saber de las muertes de jóvenes. Hace muy poco tiempo que dejamos de matarnos entre nosotros mismos, entre campesinos, entre indígenas, entre pobres y entre jóvenes. Después de esa guerra comenzó la otra guerra silenciosa, la guerra de la pobreza y la miseria, esa guerra que libramos todas y todos cada día, en el bus, en la calle, en la escuela, en el barrio, en el asentamiento, en la oficina, en las instituciones del Estado, en las plazas, en los municipios, en todas partes.
Por todo lo anterior y por muchas otras razones dejemos que la sociedad se manifieste en sus marchas, en sus movilizaciones, no las descalifiquemos, todos y todas tenemos derecho a marchar, a expresar nuestro sentir, nuestro interés, nuestra esperanza. Ni los gobernantes ni los gobernados tienen la razón absoluta, todos y todas tenemos una porción de la verdad, lo que debemos hacer es acoplarnos, juntar nuestros esfuerzos, y para esta tarea el Gobierno debe de utilizar su liderazgo, porque tiene los recursos y para eso fue electo, para resolver no para obstaculizar.