En Venezuela, el Colegio Nacional de Periodistas (CNP) está exigiendo al gobierno de Hugo Chávez que investigue las agresiones, verbales y físicas, que han sufrido periodistas de diferentes medios de comunicación.
Son frecuentes los casos de periodistas agredidos en ese país sudamericano, donde el Gobierno se jacta de estar construyendo el socialismo del siglo XXI y prevalece “una impunidad oficial” frente a las denuncias que hacen los comunicadores afectados.
Las amenazas que afronta el periodismo venezolano son similares a las del periodismo nicaragüense, con la diferencia de que en Caracas han ocurrido más casos de periodistas golpeados y el Colegio de Periodistas encabeza la defensa del gremio y la libertad de prensa, mientras en Managua el Colegio suele callar.
Las autoridades en Venezuela tratan “de silenciar el ejercicio del periodismo”, denunció con claridad el CNP al reclamar por “la dilación en las investigaciones y la falta de respuesta de los responsables de impartir justicia”.
Si un periodista quiere escribir con independencia en Venezuela, lo menos que recibe son “insultos y declaraciones en su contra”, de funcionarios de gobierno y activistas políticos fieles a Chávez, me comentó la semana pasada la colega venezolana María José Estévez.
Luego los fanáticos chavistas, impulsados por declaraciones del Presidente u otros funcionarios, golpean o entorpecen el trabajo de los periodistas que consideran enemigos.
Son activistas que se transforman en turbas, cegados por la creencia de que sólo tienen derecho a trabajar con “libertad” quienes informan lo favorable para el régimen, o lo que el dictador quiere que se diga, nada más.
La historia es similar en Nicaragua, donde la violencia de las turbas se ha vuelto más frecuente y el mecanismo es el mismo: discurso-agresión física. Por ejemplo, el presidente Daniel Ortega acusó de usureras a instituciones microfinancieras, incitando a sus seguidores a protestar contra ellas, y un día después éstos invadieron algunas de las oficinas privadas e intentaron quemarlas.
Otro día Ortega dijo que sólo los fieles a su partido, el Frente Sandinista, son sociedad civil, sembrando la idea entre los fanáticos de que los demás ciudadanos, los opositores, perdieron el derecho a expresarse. En consecuencia, la semana pasada, turbas sandinistas se apostaron con palos en una rotonda de Managua para impedir que un grupo de jóvenes hiciera una protesta cívica.
Los ataques de Ortega y sus funcionarios contra el periodismo independiente también son continuos y, por tanto, crece el riesgo de agresiones físicas contra los periodistas, sobre todo en época electoral.
La violencia, por efecto de la intolerancia política, tiende a crecer en Nicaragua en tanto se acerca la campaña electoral que culminará con los comicios municipales en noviembre.
Así ha sido en Venezuela, donde también hay elecciones este año. En las últimas dos semanas siete periodistas fueron golpeados mientras ejercían su trabajo; uno de ellos fue detenido y es investigado por la supuesta “sustracción de un documento público”. Su delito: insistir en conocer más de lo que el régimen quiere que se sepa.