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La OEA cumple 60 años
José Miguel Insulza
El autor es Secretario General de la OEA
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Hoy se cumplen 60 años desde que el 30 de abril de 1948, en Bogotá, Colombia, veintiún países firmaron la Carta de la Organización de los Estados Americanos. Respetar la soberanía y luchar por la democracia fueron los objetivos con los que se identificaron esas naciones. Ha cambiado el contexto político mundial de manera fundamental, pero la esencia de lo que debe ser este organismo es la misma. La OEA es un foro hemisférico de debate y discusión. Un ámbito donde los Estados miembros se reúnen para debatir sobre los hechos importantes de la realidad política del continente, toman acuerdos para avanzar en el desarrollo del sistema democrático y el progreso de las sociedades, y analizan las discrepancias con el diálogo como único instrumento.

Esta es la esencia del organismo: generar posibilidades para el perfeccionamiento democrático y promover la solución pacífica de las controversias entre los Estados o al interior de ellos. Todo ello contando a su favor con el peso indiscutible que ha adquirido el derecho interamericano: la Carta de la OEA, la Carta Democrática Interamericana, la Convención Americana de Derechos Humanos (Pacto de San José), la Convención Interamericana contra la Corrupción son sólo los instrumentos más conocidos de un acervo jurídico, cuya aplicación efectiva permite la convivencia pacífica y el progreso de las naciones americanas.

Pero estos objetivos esenciales serían abstractos si no se les vincula a la historia política de la región. Durante décadas, en nuestro continente, también en nuestro organismo, la palabra democracia se usó de manera retórica y los tratados sobre democracia y derechos humanos tenían escasa aplicación. Hasta hace 20 años eran pocos los países que vivían en democracia. Los objetivos formales eran los mismos de hoy, pero el contexto histórico era tristemente distinto.

Hoy ni un solo gobierno de los Estados miembros de la OEA ha surgido de un proceso que no sea el de la expresión soberana de la voluntad de las mayorías. La historia que rodea el trabajo de la OEA de nuestros días ha cambiado. La democracia no es una excusa que se invoca. Es una realidad por la que se lucha y se trabaja día a día. Es impulsar el buen gobierno. Es ayudar a los gobiernos en la elaboración de políticas públicas que favorezcan a los ciudadanos. Es promover la igualdad y velar por la seguridad del conjunto social. Este énfasis se ha manifestado particularmente en los últimos años de la organización, al punto que hoy podemos decir que la OEA define democracia, con toda la complejidad que ello implica. Muchos critican a la OEA, desde espectros políticos muy diversos. Pero cuando tienen un conflicto entre ellos o una crisis interna grave, los llamados a la OEA ponen una vez más de manifiesto su vigencia.

Esa tendencia se seguirá fortaleciendo en la medida en que se cumplan tres condiciones: primero, que sea una organización que represente efectivamente a todos sus miembros, con la máxima igualdad posible entre ellos. Segundo, un foro incluyente, que promueva la paz, el diálogo y el entendimiento entre todos, sobre la base de sus principios democráticos. Y tercero, un instrumento que tenga el respaldo y la autonomía para aplicar sus decisiones conforme a los acuerdos adoptados por sus Estados miembros. Llegamos a estos 60 años con la imagen de una OEA nueva, que discute con transparencia y serenidad sobre la consolidación democrática y el fortalecimiento de las instituciones. También sobre sus controversias. Ha cambiado el contexto histórico y también nuestra organización. Pero la tarea no está concluida.

El desafío de seguir fortaleciendo los principios democráticos es permanente, y en la medida que sepamos profundizar nuestros consensos, fortalecer la democracia y resolver las crisis de manera pacífica y con nuestros propios medios, la OEA será cada vez más una instancia que los habitantes de la región sentirán como propia y necesaria.

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