El triunfo electoral del obispo católico suspendido, Fernando Lugo, en Paraguay, es sin duda una victoria de la izquierda paraguaya y latinoamericana. Pero si bien es cierto que Fernando Lugo es afín a los gobiernos de izquierda diversificada que hay en América Latina, también tiene con ellos importantes diferencias.
Cuando asuma la Presidencia de Paraguay, en el mes de agosto próximo, Fernando Lugo tendrá que escoger uno de los dos grandes caminos por los cuales la izquierda latinoamericana está haciendo su recorrido gubernamental: el camino del populismo radical y el izquierdismo vocinglero que encabeza Hugo Chávez de Venezuela, o la senda de izquierda moderada y socialismo democrático de Lula en Brasil, Bachelet en Chile y Tabaré Vázquez en Uruguay. De hecho Lugo ya se comprometió a seguir el camino uruguayo. “Existe una gran coincidencia entre la Alianza Patriótica para el Cambio (APC, la coalición de Lugo) y el Frente Amplio (que es la alianza política que gobierna en Uruguay). Nuestra gran inspiración en todo este proceso fue, precisamente, la experiencia uruguaya”, aseguró Fernando Lugo el martes pasado.
En realidad, según el analista político del diario paraguayo Última Hora, Alfredo Boccia Paz, Lugo escogerá el camino de la moderación y la prudencia porque él mismo “es un maestro del equilibrio”. Boccia Paz no cree que Lugo siga el ejemplo de Chávez, porque “tiene un pie anclado en lo más rancio del conservadurismo, que es el Partido Liberal Radical Auténtico y el otro en un archipiélago de movimientos de izquierda. Cualquiera que piense que pueda sumarse al chavismo se equivoca. Va a tener que transar para encontrar, como él mismo sostiene, una vía paraguaya, para construir un nuevo proyecto de país”.
Como casi todos los gobernantes de izquierda en América Latina, Lugo ya comenzó a hablar de reforma constitucional y sonrió socarronamente, cuando un periodista le preguntó si aspiraría a la reelección presidencial. Pero aunque Lugo ya estuviera pensando en su reelección presidencial, eso no significa que escogería el camino chavista. Es cierto que el proyecto de Chávez se basa en la reelección continua y que ese mismo proyecto lo comparte Daniel Ortega. Sin embargo el presidente brasileño Lula ya se reeligió y no obstante ser de izquierda es un gobernante genuinamente democrático.
Como hemos dicho antes, no importa que un gobierno sea de izquierda, derecha o centro, siempre y cuando sea democrático y respete los derechos humanos y las reglas de la democracia, que no atropelle la libertad, que no trate de eliminar a sus adversarios, que no restrinja ni suprima la libertad de expresión y de prensa, que respete el pluralismo social, económico, político e ideológico, cual es la condición indispensable para la vigencia de la libertad y el funcionamiento de la democracia.
Fidel Castro tuvo el apoyo de prácticamente todos los cubanos, a excepción de la minoría batistiana, cuando tomó el poder en enero de 1959. Pero después hubo contrarrevolución, una fuga masiva del país como nunca antes se había visto en ninguna parte del mundo, un gran conflicto con Estados Unidos que todavía no acaba, porque Castro traicionó el ideal democrático de la revolución cubana, la desvió hacia el comunismo totalitario y miserable e impuso una tiranía peor que la de Fulgencio Batista al que había derrocado con apoyo de todo el pueblo.
Algo muy parecido ocurrió en Nicaragua en 1979. Casi toda la población apoyó a los sandinistas, salvo los somocistas y unas pocas personas que conocían sus encubiertos planes comunistas. Sin embargo vino la tragedia de la dictadura totalitaria, la guerra civil, la intervención extranjera y todos los males apocalípticos posteriores, debido al empecinamiento de los comandantes sandinistas en exportar la revolución y hacer de Nicaragua una copia de Cuba comunista. La verdad es que el país habría podido progresar y desarrollarse en paz, si los sandinistas hubieran convocado rápidamente a elecciones libres y garantizado la alternabilidad en el poder.
Ahora el nuevo presidente paraguayo tiene que mirarse en esos espejos, tanto los de Cuba, Venezuela y Nicaragua como los de Uruguay, Brasil y Chile. Y si en realidad es una persona bien intencionada, deberá escoger el camino de la moderación, la responsabilidad y el respeto a los principios y valores de la libertad y la democracia.