Es muy bien conocido nacional e internacionalmente, que en los últimos tres decenios se formó en Nicaragua una casta de nuevos ricos muy poderosos, que a su gran riqueza económica suman un inmenso poder político. Ésta nueva clase rica, a la que llamamos sandiburguesía o sandioligarquía, se formó al amparo del poder revolucionario, pero sobre todo después de las elecciones de 1990, cuando se produjo un alucinante traspaso de bienes, fondos y propiedades que se conoció como piñata sandinista. Y no hay que revisar los registros de propiedad y negocios para saber quiénes forman parte de esta nueva clase adinerada de origen “revolucionario”. Basta verlos cómo viven, en qué vehículos se desplazan, cuáles son sus círculos sociales, qué posiciones ocupan en el nuevo gobierno de Daniel Ortega, etc.
Pero ser rico no es malo en sí mismo y a nadie debe importarle que algunos lo sean, siempre y cuando su riqueza no sea mal habida. Si la riqueza viene de un premio de la lotería, de una cuantiosa herencia, de los beneficios por buenos negocios acumulados a lo largo de generaciones, o de un golpe de suerte en determinadas operaciones bursátiles o comerciales, nada de malo tiene que alguien sea o se haga rico. Al contrario, la aspiración a que más personas vivan mejor y que se enriquezcan es buena y justa. Lo malo es querer y hacer que la gente empeore, igualar a todos con el rasero de la pobreza como se pretendió hacer en Nicaragua al comienzo de la revolución sandinista de 1979. El resultado de aquella descabellada aventura fue que los pobres se empobrecieron más y que muchas personas que eran ricas se arruinaron, pero con las riquezas que les confiscaron o expropiaron se formó la casta de los nuevos ricos de Nicaragua.
La piñata sandinista, que se hizo famosa alrededor del mundo y enriqueció el léxico político no se hizo sólo para favorecer a la gente pobre de las ciudades y el campo, sino también y sobre todo para enriquecer a una reducida capa de miembros del partido y del régimen que decía ser revolucionario y socialista. Dijeron que se habían sacrificado en la clandestinidad y en la guerra y por lo tanto no podían irse del poder con las manos vacías. Uno de los principales comandantes de la revolución sandinista lo expresó con descarnada franqueza: “¿Ideay? ¡No podíamos bajar del poder en bicicleta!”
De hecho en todos los países donde hubo regímenes comunistas o revoluciones socialistas de distintos matices, muchos de sus antiguos dirigentes y cuadros se hicieron ricos en el poder o cuando lo tuvieron que dejar. Por ejemplo, ahora entre los más grandes multimillonarios del mundo figuran magnates de la antigua Unión Soviética y de la China que todavía es comunista. ¿De dónde salieron esos multimillonarios si en la Unión Soviética el Estado era dueño de todas las propiedades y riquezas y todas las personas eran iguales? ¿Y cómo se formaron los nuevos multimillonarios de China, que sigue siendo un país comunista gobernado por un inflexible e igualitario partido comunista? En China comunista, según la revista Forbes ya en el año 2006 habían 15 multimillonarios —o sea personas con más de mil millones de dólares— y apenas un año después, en el 2007, la cifra de multimillonarios aumentó a más de 100.
La verdad es que la sociedad sin clases, sin ricos ni pobres y en la que todos serían iguales, siempre fue un mito, una gran mentira. Quienes tomaron el poder para crear la mítica sociedad igualitaria, lo que hicieron fue enriquecerse ellos mismos, convertirse en los nuevos ricos, salvo honrosas excepciones. Porque es justo reconocer que en todas partes, incluyendo Nicaragua, hubo personas que lucharon por su revolución y llegaron al poder sin ninguna riqueza, e igualmente pobres murieron o siguen viviendo ahora.
Esos honestos revolucionarios merecen respeto aunque no se compartan sus ideas políticas y sus fantasías sociales. Pero los nuevos burgueses y oligarcas que se enriquecieron con la revolución, al amparo del poder desde arriba y desde abajo, los que se convirtieron en codiciosos y despiadados nuevos ricos, y no obstante siguen hablando en nombre de los pobres y fomentando el odio contra los antiguos ricos, ésos son sepulcros blanqueados que sólo merecen desprecio.