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El Papa y el terrorismo
Franklin Barriga López
El autor es analista internacional
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A poco de su designación como Papa, Benedicto XVI efectuó una visita a Alemania. En una reunión con los representantes de las comunidades islámicas, condenó la actitud que pretende envenenar las relaciones entre cristianos y musulmanes, recurriendo a todos los medios, incluso a la religión.

Son célebres estas palabras del Sumo Pontífice, pronunciadas con este motivo: “Cuántas páginas de historia dedicadas a las batallas y las guerras emprendidas invocando, de una parte y de otra, el nombre de Dios, como si combatir al enemigo y matar al adversario pudiera agradarle. El recuerdo de estos tristes acontecimientos debería llenarnos de vergüenza, sabiendo bien cuántas atrocidades se han cometido en nombre de la religión”. Pensamientos profundos y contemporáneos, en razón de que aún perduran no pocos y rabiosos clérigos que pretenden revivir la Guerra Santa y que son los cabecillas del fanatismo cruel, del terrorismo que tiene sus bases en Medio Oriente y Asia.

En su reciente visita a Estados Unidos, Benedicto XVI volvió a referirse a este tema de la más candente actualidad. En un comunicado conjunto del Vaticano y de la Presidencia estadounidense, se reafirma “el total rechazo al terrorismo, así como a la manipulación religiosa para justificar actos inmorales y violentos contra inocentes y sobre la necesidad de enfrentar al terrorismo con apropiados valores, como el respeto a la persona humana y a sus derechos”. ¿Qué más puede añadirse a estas sabias reflexiones que guían la marcha de Occidente? Nada en realidad, por su mensaje profundo y aleccionador. No obstante, deseo realizar varias puntualizaciones respecto al terrorismo, de inspiración musulmana, fenómeno que no es distante y que existe también en América Latina y el Caribe. He aquí algunos señalamientos :

No ha desaparecido el recuerdo de los pavorosos atentados perpetrados en la Argentina, en 1992 y 1994, que alertaron a la comunidad internacional, sobre todo Latinoamericana, sobre este fenómeno que parecía no llegar a estas tierras. Se detectó que terroristas que ingresaron como “diplomáticos” de Irán, que ciertamente fueron activistas de Hezbollah, el sanguinario grupo de asesinos, fueron quienes estuvieron manejando tan incalificables hechos. No faltan indicios de esta siniestra actividad en Ciudad del Este, en la denominada Triple Frontera, donde confluyen los territorios de Argentina, Brasil y Paraguay, donde abunda la presencia árabe, particularmente de libaneses que, según se ha denunciado, envían dinero para financiar a Hezbollah. Allí florece la criminalidad, la corrupción, el contrabando y el comercio ilegal de drogas, armas y explosivos.

No es para quedarse tranquilos si se ha señalado que células de Hezbollah operan en Venezuela, Nicaragua, Colombia, México, Uruguay y Bolivia. Lo menos que debe pedirse es mayor vigilancia, particularmente en las fronteras, para que no suceda lo que viene aconteciendo en el caso de Ciudad del Este, de donde, sin dejar rastro, salen individuos sospechosos con rumbo a Irán, vía Venezuela o viceversa.

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