Arturo Portocarrero
Voy a tratar de establecer las diferentes formas en que viven en nuestra sociedad urbana y en el campo los viejitos. Comenzaré por los abuelos y abuelas de las clases altas, en las que se nota el lugar preponderante que ocupan el anciano y la anciana. Son mimados, son atendidos especialmente por sus nietos y sus hijos de manera que viven en este medio rodeados de comodidades. Sin embargo he notado, y lo hemos notado todos, que en estos últimos tiempos ya el anciano, el abuelo o la abuela van siendo menos apreciados. Ahora la vida es más ligera y las cosas pasan más rápidamente, y el abuelo está pasando desafortunadamente a un segundo plano.
Veámoslo en la clase media. Aquí el anciano ya no ocupa un lugar importante, más bien es la anciana porque es la encargada por lo general del cuido de los niños. Aquí ya el anciano no disfruta de tantas comodidades como la otra categoría, porque ya no tiene los medios para trabajar y acepta el puesto que le den.
Los ancianos que viven en las casas de cartón, en las orillas de las ciudades, se encuentran en condiciones espantosas. Allí el anciano es un estorbo. Se le relega a un último lugar y humildemente él acepta lo que le dan. Muchas veces no tiene donde reclinar su cabeza, duerme en un rincón, en el único cuarto que existe en la casa y que es ocupado por todos los familiares. Aquí el anciano sufre hambre, frío, desprecio, ya no lo toman en cuenta.
La cuarta categoría en la vida de los ancianos hombres, es la del anciano que no tiene dónde vivir, ya no tiene casa, los familiares no se preocupan por él. Entonces, para no morirse de hambre se lanza a la calle a pedir limosna. Este anciano camino despacio, cansado, roto, con una mochila donde lleva las cuatro cositas que ha logrado recoger. Es callado, triste, humilde y pide con miedo, pide con vergüenza. Ahora le dan una moneda pequeñita que él recibe con humildad, con la tristeza pintada en el rostro.
No se baña, no tiene donde dormir, se acuesta en cualquier puerta de una casa, sobre papeles periódicos, sobre cartones, tiritando de frío y hambre.
Es el desecho de la sociedad, deambula de semáforos en semáforos. Ostenta un pedazo de trapo que en algún tiempo fue un cobertor. Lleva en la mano una bolsa que generalmente es de papel como la del Doctor Chapatín. Dios sabe lo que hace. No podemos pedirle nada más que resignación para esa pobre gente y que abramos nosotros un poquito nuestros corazones para ayudarlos a vivir.
Los asilos o refugios de ancianos pagando una renta que oscila entre 700 y 900 dólares por mes, en donde se les dan todas las facilidades necesarias para que vivan muy bien, para que vivan acomodados, bien tratados por las monjitas que son las que los regentan. Pueden recibir visitas viviendo así felices. Muchas veces más bien agradecen que los hayan enviado allí porque reciben mejor trato que el que tenían últimamente en sus casas.
Existe también el anciano indigente, el que llega al asilo a asilarse, a que le den asilo y allí también reciben el cariño de las monjitas y sus cuidados. Se acomodan perfectamente, forman grupitos, tertulias y pasan alegres, cuentan chistes o platican de todo lo que tuvieron y que ya no tienen. Viven contentos, dando gracias al Señor que tienen un techo, que tienen alimentos y una cama asegurada.
Los ancianos del campo en general son felices, viven en las casas o ranchos de sus hijos que le permiten abrigarse y vivir allí. Ellos se acomodan perfectamente formando parte de la familia. Se les quiere, se les aprecia, se les toma en cuenta. En la tarde saca su taburete para formar parte de la tertulia que se ha hecho en la puerta de la casa, para comentar los últimos hechos, los últimos crímenes, la política, cómo están los siembros. Estos ancianos son respetuosos, generalmente tranquilos. La abuela se hace cargo de los niños que viven en la casa o en el rancho limpio y seguro. Comen gallo pinto, huevos, nacatamales, indio viejo y una serie de más alimentos.
Tienen medicinas, la medicina casera generalmente, la medicina que le trae la vecina. El anciano recuerda con dolor épocas mejores, o cuando podía valerse por sí mismo