Los analistas políticos de Acoyapa tienen la opinión de que solamente los retrasados mentales, los imbéciles y los idiotas —me refiero a los que padecen de idiocia— podían creer en los políticos profesionales de Nicaragua. Recuerdo que en una reunión de los politólogos acoyapinos y para fundamentar tal opinión, se pusieron muchos ejemplos de políticos nicaragüenses con nombres y apellidos, que desde posiciones gubernamentales habían viajado delictivamente de la pobreza a la riqueza a la velocidad de la luz —la velocidad de la luz en el “vacío” es de aproximadamente 300,000 kilómetros por segundo— y también se refirieron a políticos, también con nombres y apellidos, que pasaron de millonarios a multimillonarios a una velocidad todavía superior a la velocidad de la luz.
El presidente de los analistas políticos de Acoyapa consideró que cualquiera podría creer que todo esto formaba parte del mundo de la ciencia ficción de la política, sin embargo, estas “velocidades” pertenecían realmente a nuestra vida nacional; que formaban parte de la “física” política de nuestro país, en donde “políticos veloces” se desplazan impunemente —sin interferencias morales ni electromagnéticas de ninguna clase— por todo nuestro “espacio político intersideral”.
En esas reuniones de mi pueblo he escuchado tantos ejemplos de políticos sinvergüenzas que hasta empecé a poner en duda la honestidad de los miembros de nuestra clase política. Debo precisar que todos los políticos calificados de sinvergüenza fueron considerados por igual, sin importar si eran sinvergüenzas de derecha, sinvergüenzas de izquierda o sinvergüenzas de centro.
Al finalizar una de las reuniones en la que se habló de estas cosas, manifesté a los presentes que en nuestra política la sinvergüenzada podría ser la regla general, pero que yo pensaba que existían muchas excepciones, que yo no creía que todos nuestros políticos eran sinvergüenzas. Uno de los analistas presentes me pidió que le diera inmediatamente el nombre de un político que a mi juicio podría ser una excepción. Esta petición me cogió de sorpresa y cuando le di el nombre del diputado Guillermo Osorno —que fue el primero en el que pensé— todos los asistentes estallaron en grandes carcajadas.
Entonces informé al plenario que en la próxima reunión daría a conocer otra excepción. Que haría mis averiguaciones. Efectivamente, después de varios días de investigaciones descubrí una grata excepción. Se trata de Daniel Ortega. Un político serio, honesto a carta cabal y con una sensibilidad popular extraordinaria. Un hombre pobre sin aspiraciones económicas de ninguna clase. Un político sin ansias de poder, que sufre por la desgracia de nuestro pueblo; que no duerme ni come tranquilo pensando en cómo sacar de la pobreza al pueblo nicaragüense.
El sábado pasado en una reunión de los analistas políticos de Acoyapa me referí con entusiasmo a la excepción que yo había descubierto y hablé de la inmensa calidad humana, del gran corazón de Daniel Ortega, de su carácter generoso, de su solidaridad con el prójimo y de su comportamiento pacífico y tolerante. También afirmé que estaba convencido de que en Nicaragua era el más firme defensor de nuestra institucionalidad democrática y el político más respetuoso de la opinión ajena, pues su actitud era la de un verdadero político humanista, que en sus relaciones con los demás primero trataba de comprender antes que juzgar. Y para terminar agregué que a partir de mi descubrimiento, del descubrimiento de las excelentes cualidades de Daniel Ortega, empecé a creer en él, hasta tal punto que actualmente lo considero mi líder; el faro que me da la luz que me guía.
Seguidamente describí la ejemplarizante personalidad de don Daniel, y les dije que era ejemplarizante porque en su persona concurrían las mejores virtudes históricas de todos nuestros próceres y que si a estas virtudes agregábamos sus profundas como inconmovibles convicciones democráticas tendríamos que concluir que el futuro, que nuestro futuro, debía estar siempre vinculado al magisterio político de Daniel Ortega.
Todos los analistas políticos de Acoyapa estaban estupefactos con mi intervención. Uno de los presentes dijo en voz alta: “lo veo y no lo creo”. Yo observé que mis paisanos tenían semblantes de incredulidad. La verdad es que estaban atónitos, con la mente turbada. Y entonces pregunté: ¿qué pasa? Nadie se atrevía a hablar. Pero de pronto se me ocurrió que podía tratarse de una confusión. La tranquilidad llegó a todos los presentes cuando les manifesté que me refería a Daniel Ortega Reyes, líder del Movimiento de Unidad Cristiana (MUC), a quien por sus virtudes morales y políticas le guardo una gran admiración y le dispenso un singular respeto.
Al finalizar la reunión tuve la impresión de que los analistas políticos de Acoyapa —por sus gestos de aceptación— estaban de acuerdo con que el señor Ortega Reyes podría constituir una excepción. En este caso no se oyeron las atronadoras carcajadas que anteriormente yo había escuchado cuando cité como excepción el nombre del reverendo y destacado diputado don Guillermo Osorno.