“No tengáis miedo de parecer diferentes y de ser criticados por lo que puede parecer perdedor o pasado de moda”.
(Benedicto XVI)
“¿Olvidas que yo soy tu Rey?”, interpeló el déspota monarca a la mártir doncella. Y ella le respondió: “Y usted olvida que yo soy una hija de Dios”.
¿Será verdad que las recias personalidades están encerradas en las páginas enmohecidas de la historia centenaria de los héroes y santos de otros tiempos que brillaron por sus esclarecidas virtudes? ¿Será cierto que ya no hay hombres ni mujeres de verdad en Nicaragua? No podemos admitir tan deprimente idea, por mucho que vivamos en este nuestro mundo en medio de tanta debilidad, claudicación y cobardía. Siempre han existido y existirán figuras modélicas que, gracias a la nobleza de sus vidas, han dado o dan gloria a Dios y a la Patria.
Un buen pastor de almas recomendaba encarecidamente a los cristianos que: “Junto al pan nuestro de cada día pidamos el valor nuestro de cada día”.
Decir de alguien que es débil de carácter, es hablar muy poco a su favor. La virilidad, la valentía es un valor profundamente estimado hasta por los seres más cobardes de la tierra. Herodes le profesaba un profundo respeto y hasta cierto cariño a Juan el Bautista, que se atrevía a echarle en cara sus desvaríos y debilidades.
La pusilanimidad es fuente inagotable de graves pecados de omisión y de acción. En la agenda de un cristiano no cabe la palabra “miedo”, el único temor del cristiano ha de ser, precisamente, el temer, el temor de quitarle a Dios el primer puesto en su vida, en sus actitudes y comportamiento, de negarle la preferencia por encima del poder, el placer y la riqueza, por encima de la justicia y la verdad. Como reza al Señor el salmista: “Tu amistad vale más que la vida”.
El valor es de suma importancia en la vida de un ciudadano y de un cristiano. Quien carece de valores jamás llega a realizarse en toda su plenitud. Por falta de valor quedan cerradas muchas puertas que se abren a gente quizás menos inteligente pero más decididas y legítima y sanamente más audaces que aquellos timoratos que no se atreven ni siquiera a intentar a atreverse. Resulta vergonzoso, además de contradictorio, que un cristiano deje de hacer el bien y de evitar el mal, de actuar rectamente ante Dios por el miedo al “que dirán” o el también llamado “respeto humano” o sea ese temor al juicio ajeno o a la desaprobación de los demás.
Debemos temer al ridículo. Sí. Pero al ridículo de no asumir una actitud valiente cuando así lo exige el deber, al ridículo de que otros decidan por nosotros. Con el valor nuestro de cada día, podremos obedecer a Dios antes que a los hombres.