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30.09.07
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Noticias >> Religión y Fe
El rico y Lázaro
Neguib Kalil Eslaquit
Sacerdote católico

La parábola que Jesús relata, sobre el hombre rico, que la tradición llama Epulón y el pobre, llamado Lázaro (cfr. Lucas 16, 19-31), la podríamos visualizar como una obra de teatro que se desarrolla en tres actos:

Primero:

La vida temporal.

Segundo:

El momento de la muerte.

Tercero:

La Eternidad.

La vida temporal: Jesús contrasta el despilfarro, el individualismo, la inconsciencia del personaje que vivía de manera espléndida y la indigencia del necesitado que ni siquiera lograba comer de los desperdicios.

El momento de la muerte: Todo está en el margen de las posibilidades. La única certeza es que moriremos algún día. Jesús, expone de modo radical ese instante: “Pues bien, murió el pobre y fue llevado por los ángeles al cielo junto a Abraham. También murió el rico, y lo sepultaron”. La muerte nos iguala. Ante ella, no hay distingos de raza, credo, religión, clases sociales. Siempre llegará. San Francisco de Asís en su Cántico de las criaturas decía: “Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar”.

La eternidad: El cruel potentado, que durante su vida terrena se sentía seguro por sus posesiones y había construido un muro para no tomar en cuenta al despojado, exclama: “Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas”. En su perdición, se acuerda de aquel que desconoció. La respuesta del Padre Abraham es estremecedora. Así como en la vida temporal se edifican murallas entre quienes todo lo tienen y quienes de todo carecen, así es en la eternidad.

El hambriento fue llevado al cielo, no por el hecho de ser pobre material —Dios no desea que el hombre viva en la miseria—, sino porque puso su confianza siempre en Dios. El rico fue condenado, no por el hecho de poseer, sino porque los bienes materiales lo poseían a él, esclavizándolo de tal forma que no captó que pertenecen a todos y no son exclusivos de unos pocos.

El otrora opulento, en la soledad eterna, que fue erigiendo desde su vida fugaz, ruega, que sea enviado Lázaro, como testimonio, a sus familiares, iguales o peores que él, para que sirva de ejemplo de lo que les espera, a lo cual se le responde, que si no han hecho caso de las Escrituras, no se convertirán, aunque resucitara un muerto.

En cualquier contexto, no será con palabrería y propaganda basura, que se destruirá el muro del individualismo, sino con las acciones específicas de adhesión al Evangelio de Jesús, viviendo con honestidad y limpieza de corazón. Eso es vivir la fraternidad.

Carlos Mejía Godoy, ya lo expresó en su canto: “La comunión no es un mito intrascendente y banal, es compromiso y vivencia, toma de conciencia de la cristiandad, es comulgar con la lucha de la colectividad, es decir yo soy cristiano y conmigo hermano, vos podés contar”.

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