José Santos Orozco es un ciego poco común. No es uno de esos que pide limosna en los buses y calles de la capital con una voz quebrada y suplicante: “Una limosnita por el amor de Dios”. No. Él, con voz fuerte y demandante, casi a gritos pide caridad y cantidad: “Un peso para el cieguito”. Y si en un bus le va mal, si nadie le da, entonces viene el improperio: “Por eso, Dios no les ayuda, porque no le dan al necesitado”.
La rutina es siempre la misma. Sale de su casa, ubicada en el barrio Jorge Dimitrov, llega a la parada de la Rotonda Santo Domingo y allí comienza su trabajo.
— ¿Viene la ruta? Montame, hermano. ¿Cuál es? Me bajo en Metrocentro, habla Santos para el que quiera escuchar.
Una vez arriba se coloca cerca de la primera silla. Detrás del chofer. Mientras con la mano izquierda se sostiene de la barra metálica pegada al techo del bus, con la derecha saca una armónica, made in Shangai, la acerca a la boca, poblada solamente con los dos colmillos superiores, y comienza el canto: “Demos gracias al Señor, demos gracias…”. Y luego: “Un pesito para el cieguito”, “Haga la caridad”…
Mientras avanza por el pasillo de la ruta 114 que va vacía va dejando el olor a piel quemada por el sol. Las manos duras, callosas y sudadas van tocando los hombros de los pasajeros ubicadas en las sillas que dan al pasillo. Luego que abandona cada hombro, sin respuesta a su pedido, sus manos van y vienen de la nariz a la boca y de allí a la oreja grande y peluda.
“A ese viejo vulgar no le doy un peso. Es mal hablado y cuando no le dan lo trata mal a uno”, se queja una mujer de complexión media.
Hoy no le ha ido bien, pero es temprano aún. Si a las 4:00 p.m. no ha recogido más de 30 pesos, es porque fue un mal día. Si el día estuvo bueno puede recoger hasta 100 pesos.
Para Santos, decirles pinches, malos cristianos y hasta hijuep… no es regañar a la gente, no es tratarlos mal. Tal vez él cree que sus cantos cristianos entretienen y que por ello están obligados a darle.
— ¿Es cierto que cuando la gente no le da, usted los regaña?
— No, no, no… mi hija. Su rostro se torna serio. Ya no muestra sus únicos dos dientes. Y cesa el movimiento constante de su mano izquierda: de la nariz a la boca, de allí a la oreja y otra vez.
— ¿Y cuánto les pide?
— Lo que sea su voluntad.
Este ciego vive con su hermana. Su madre murió hace 10 años y el destino de su padre es desconocido. Cuando se vino de Las Maderas, Tipitapa a Managua, pensaba que el Gobierno de aquel entonces le podía ayudar. Aún cree lo mismo.
— “Quiero decirle al Gobierno que me ayude. Este país va atrasado porque no le ayudan al no vidente.
— ¿Y cómo sabe eso?
— Porque lo vengo sabiendo. Lo he oído, dice mientras se coloca en la puerta trasera del bus, listo para bajarse en la UCA. Baja la gradas y grita: “Pinches, ojalá que se estrelle el bus”.