Parecía la crónica de un discurso anunciado. Nicaragua recién acababa de sufrir la embestida de un huracán en su máxima potencia, que le había dejado unos 300 muertos y daños materiales hasta ahora incalculables. Días antes, la Cancillería nicaragüense había adelantado que el presidente Daniel Ortega aprovecharía la oportunidad de hablar para abogar por los nicaragüenses víctimas del huracán Félix. La noche del domingo, un día antes de la partida de Ortega hacia Nueva York, el Gobierno estableció la cantidad de dinero necesario para la reconstrucción: 300 millones de dólares. Todo parecía indicar que la misión de Ortega en Naciones Unidas sería buscar esos fondos.
Sin embargo, cuando Ortega empezó a hablar, todo cambió. El Ortega que subió al podium no parecía el presidente de un país recién devastado por un huracán, sino uno extraído de los mejores años de la Guerra Fría, como aquel mismo Ortega que subió por primera vez al podium de Naciones Unidas el 7 de octubre de 1981.
En ese entonces Daniel Ortega era el coordinador de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. El cabello no había comenzado a abandonar su cabeza. Llevaba grandes lentes y vestía con finísimo traje de gala militar. Estaba ahí, dijo, como portador de una propuesta de paz para aliviar la guerra que desangraba a El Salvador.
Fue un discurso duro, recogido en 25 páginas, en el que acusó a Estados Unidos, particularmente al Gobierno republicano del ya fallecido Ronald Reagan, de ser el culpable de las guerras que mutilaban a la región. Ortega hablaba de la unidad de los pueblos para combatir el colonialismo, el capitalismo. Criticaba las políticas del Fondo Monetario Internacional, a la vez que hablaba de la determinación para librarse de ellas. Al final, se plantó como portavoz del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, y presentó ante la ONU una propuesta del FMLN para lograr un acuerdo de paz en El Salvador.
Aquel 7 de octubre no hubo en el discurso de Ortega la palabra “Imperio”, que 26 años después, el 25 de septiembre, utilizó tanto para fustigar a Estados Unidos y Europa en un apasionado y agresivo discurso que algunos analistas interpretan como un pago de favores del Presidente hacia sus nuevos “aliados” y como un claro ejemplo de megalomanía.
Ortega, esta vez medio calvo, con algo más de peso, sin lentes y vestido de saco y corbata, atacó a Estados Unidos llamándolo “la mayor tiranía de la historia”, se ungió como portavoz de “las víctimas del capitalismo global imperialista” y defendió a Cuba y Venezuela y el derecho “que tienen” Irán y Corea del Norte de desarrollar energía atómica. En total 2,917 palabras para atacar al imperialismo.
El ex canciller y ex embajador en Washington, Francisco Aguirre Sacasa, tilda al discurso de Ortega de una “grave equivocación”. Según Aguirre, se trata de un mandatario que “no se da cuenta” de que el mundo cambió, “lo que se nota sólo con ver el mapamundi”: lapidación del comunismo, desintegración de la URSS, metamorfosis de China de una economía marxista a una capitalista.
“El presidente Ortega cree que el futuro es el pasado. Ortega y sus más cercanos asesores son prisioneros del pasado”, dice Aguirre, para quien el actual Gobierno está desarrollando una política exterior “romántica”, en lugar de una pragmática y realista.
Esa misma visión comparte el filósofo Alejandro Serrano Caldera, para quien Ortega está “anclado” en el pasado. “Sí, creo que está en el pasado y hay una visión revolucionista. La idea de que en el tiempo que él estuvo fuera, el tiempo se congeló, y no es así. Tiene fuerte connotación y raigambre en el pasado”, afirma.
Para Aguirre Sacasa, el “peor” error político que cometió Ortega durante su intervención fue decir que demócratas y republicanos “son los mismos”, sin tomar en cuenta que la próxima administración estadounidense puede estar presidida por el partido Demócrata.
Los demócratas han mostrado más simpatía hacia los gobiernos de izquierda. Incluso, durante la administración sandinista de la década de 1980, políticos demócratas visitaron Nicaragua, entre ellos el ex candidato a la presidencia John Ferry. Los sondeos ponen en ventaja a los demócratas frente a los republicanos en las elecciones de 2008.
Para Aguirre, con un gobierno demócrata “podría haber relaciones más cordiales” con Nicaragua, pero aclara que el discurso de Ortega puede afectar esas relaciones.
“Hay gente en Washington que sigue muy de cerca América Latina. Candidatos, senadores, asesores. Entre ellos es seguro que no va a pasar inadvertido lo que dijo Ortega de los demócratas”, advierte.
El filosofo Serrano Caldera tilda de “error político gravísimo” las declaraciones de Ortega, “porque eso lastima al propio ciudadano americano que tiene sus enfoques político-partidarios diferentes y en el mismo saco que los echa es el saco de los malos y ponerlos a todo juntos bajo el análisis de una condena universal obviamente lastima a unos y a otros”.
La mayor crítica que se le hizo al Presidente tras su discurso en Naciones Unidas fue el olvido en el que dejó durante sus 25 minutos de intervención a las víctimas del huracán Félix, que arrasó con el Caribe norte del país y dejó 188 mil 726 damnificados. Sólo hubo 46 palabras para los damnificados, para luego iniciar su arenga agresiva contra el imperio y en el que además revivió el viejo fantasma del colonialismo europeo.
“Fue una oportunidad desperdiciada”, dice un funcionario de un organismo de cooperación. La fuente dijo que Ortega pudo haber utilizado la plataforma de la ONU para sensibilizar al mundo y lograr mayor ayuda hacia el país.
Para Francisco Aguirre Sacasa, la Asamblea General de Naciones Unidas era el escenario idóneo para que el Presidente pidiera la conformación de un grupo consultivo que permitiera la recaudación de ayuda para la reconstrucción de la RAAN, que según el mismo Gobierno, podría llegar a costar 300 millones de dólares.
¿Pero qué llevó al Presidente a centrarse en el ataque hacia Estados Unidos, aliado de Nicaragua durante los últimos 17 años, defender a naciones controversiales y olvidar a las víctimas de la mayor catástrofe que ha sufrido el país desde 1998? Para el experto en comunicación, Guillermo Cortés, se trata de una “factura” que el presidente Ortega está pagando por el apoyo energético que Irán y Venezuela han prometido a Nicaragua.
Un día después de su discurso en la ONU, Ortega se reunió con el líder iraní Mahmud Ahmadineyad, a quien le confirmó su respaldo y con quien supuestamente negocia programas de inversión en Nicaragua, que incluyen el desarrollo de la energía geotérmica hidráulica, a través de una comisión mixta creada por los dos gobiernos.
Además de esa factura, Cortés señala entre las causas de su discurso, las “ambiciones de proyección internacional”, “ambiciones personales y políticas partidarias” del Presidente, que se quiso proyectar como “mediador internacional”.
Desde el punto de vista de la comunicación, Cortés da un balance negativo al discurso del Presidente, al que acusó de querer improvisar, de utilizar un lenguaje fuerte, un discurso en el que “permitió que otros lo controlaran” y que “sacó de sus objetivos”. Para Cortés, Ortega no es un buen orador, le cuesta comunicarse y en Naciones Unidas se mostró como “un bravucón, extremista y como una persona desfasada”.
Pero el filosofo Alejandro Serrano Caldera no cree en la improvisación del Presidente, y afirma que el discurso de Ortega fue planeado, “a pesar de las cargas emocionales visibles”.
“Fue un discurso no sólo sin texto sino con una gesticulación muy marcada. Lo primero que consideraría es que no es un discurso momentáneo, sino planeado. Cabe preguntarse por qué. Me da la impresión que sabiendo que son las Naciones Unidas, (Ortega) intenta proyectar una imagen de liderazgo de izquierda internacional. No está pensando en Nicaragua.”
Un día después que el presidente Ortega pronunciara su discurso, la Embajada de Estados Unidos en Managua emitió un comunicado con las reacciones del embajador Paul Trivelli, en las que calificaba de “lamentable” el “esquema de pensamiento” de Ortega, que “aparentemente no ha cambiado”.
“Me asombra que el presidente Ortega perdió una gran oportunidad de hablar sobre los asuntos que son importantes para la mayoría de los Nicaragüenses, tales como el fortalecimiento de la democracia, la necesidad de las inversiones, el mejoramiento de las condiciones sociales, y la seguridad regional”, se lee en el comunicado.
Para el ex diplomático y diputado del Partido Liberal Constitucionalista, Francisco Aguirre Sacasa, el discurso de Ortega “antagonizó e inquietó” a países relevantes en el mundo para Nicaragua, lo que podría generar “inquietudes que se reflejarían en una posible disminución de ayuda hacia el país, un endurecimiento en las condiciones sobre la ayuda o que no nos tomen en serio”.
Las actitudes del Gobierno en temas tan controversiales como el aborto terapéutico hicieron que la embajada de Suecia en Nicaragua anunciara la retirada de la ayuda de este país -que fue uno de los primeros en reconocer y apoyar el gobierno sandinista de 1980- que, según la Cancillería, en 2006 superó los 21 millones de dólares.
“El ruido que le mete Daniel Ortega a Nicaragua no es positivo”, afirma Aguirre Sacasa.
Para Serrano Caldera, la “retórica” del Presidente “hace entrar a Ortega y Nicaragua en un paréntesis de observación: ¿qué es lo que va a pasar en este país? ¿Cuál es la prioridad que se le va a dar a Nicaragua cuyo jefe de Estado está atacando a quienes cooperan con él? ¿Qué grado de seguridad jurídica hay en este país cuyo bloque está exaltando su alianza con el bloque Irán, Cuba, Venezuela y Bolivia.”
“Me parece que a la comunidad internacional no le gusta que le digan las cosas con una retórica tan dura (...). No les gusta que le digan, imperialistas, colonialistas, capitalismo global…”, afirma el filósofo.
El discurso del 25 de septiembre recordó a muchos al Ortega de la década de 1980. “Al verdadero” Ortega, según palabras de Aguirre Sacasa, a pesar de que el mandatario prometió en su campaña electoral de 2006 un gobierno de paz y reconciliación.