Se debería viajar con el tema delos rumbos inhóspitos de la vida. La peregrinación sobre las espinas tiene vigencia desde la creación del ser. Va del brazo con el primitivismo en el laberinto de los milenios. Desde que el primero tuvo facultades para engendrar a otros de igual capital orgánico, animado por la diligencia defensiva de la misma sangre. Pero los que sufren la lobreguez de la indefensión, por mucho que los favorezca el resultado de los laboratorios, son “los hijos de nadie”.
Me ha invitado a escribir sobre ellos, la publicación dominical del Diario LA PRENSA, titulada “Los hijos sin padres”, ilustrada por Luis E. Duarte. Voy más allá de la espantosa soledad de ignorar la procedencia. Son los hijos de nadie, de nadie por prevalecer la sordidez de las instituciones encargadas del resguardo que ponga al “autor de los días” de las hechuras rechazadas en el asiento de los acusados, sin que haya para éstos implementación coercitiva para hacerlos pagar la invalorable deuda contraída con un destino fulminado desde antes, después o mucho después de nacer, con el no de la absoluta terquedad.
Varios son los escenarios reales puestos por el autor en el lugar de la evasión donde proliferan infinitud de triquiñuelas en las cuales se confrontan los rostros no con la placentera emoción auspiciada por la cama, sino con la rigidez de las miradas y de las voces alteradas entre la que iba a parir con mucho más del dolor asignado por la naturaleza y del que posteriormente se convertiría en su verdugo.
Cada vez que se toma la premisa no puedo olvidar a Ciorán el filósofo, cuando en uno de sus libros revela, inclinado él hacia el fatalismo, al ser preguntado por qué nunca fue padre de un hijo, respondió: “Nunca lo busqué”. ¿Y si se lo hubieran tenido?... “Lo hubiera ahorcado al nacer”. Era la alternativa para evitar el advenimiento de otra víctima del dolor de haber venido al mundo. Por supuesto el ejemplo es espeluznante, pero si se le escudriña con las tesis de la práctica, algo tiene de fondo aunque no de justificación.
En lo personal —y para la racionalidad—me alejo de semejante y siniestra conclusión. Me quedo con el triunfal nacimiento y la triunfal aspiración de dotarlo de las dichas posteriores a su periplo por estos caminos.
Ser hijo de nadie atropella mortalmente la estima personal. Es una maldición echada injustamente porque ninguno solicitó autorización para sufrirla. Esas madres y esos hijos radicados en el reportaje son los muy pocos del teatro sangriento donde aún los imaginistas no han podido completar los argumentos del drama. Tampoco en el foro de los derechos humanos poco hemos oído hablar de estos. Quizá los pusieron en el lindero de la caducidad por estar distanciados de la política, por estar los tribunales ocupados en el “bochinche”, en las acusaciones de buscar a quién culpar sin reconocer ninguno su cuota de responsabilidad y culpabilidad.
La verdad es aterradora y tiene eco en la negación. La memoria no traiciona. Un proyecto en torno a la penalidad fue introducido en junio del 2005 en la Asamblea Nacional. La realidad no ha visto ningún fruto. Miles de menores (la cuenta se perdió) viven custodiados en centros de protección. Nada o poco se conoce sobre las reformas a la ley de adopción. No se dispone de la más leve terapia.
“Los hijos de nadie” no es el título de una película. Es la realidad.