/
En saco roto
Fernando Centeno Chiong
El autor es abogado, periodista y catedrático universitario

Cuenta la historia que un anciano que se dedicaba a la mendicidad, cada vez que llegaba a su casa con el producto de su gestión, lo introducía en un saco y así lo hizo durante muchos años. Cuando creyó que ya tenía suficiente para retirarse y disfrutar de sus ahorros, decidió contar su dinero, sin percatarse que el saco tenía varios orificios, donde otras personas habían sustraído el fruto de sus esfuerzos.

Algo parecido ha ocurrido con la economía nicaragüense. En los últimos diecisiete años hemos recibido fondos por cooperación internacional, tres veces más que los países más pobres del África, y cinco veces más que los países pobres de otros continentes y todo parece indicar que estos fondos, tristemente, han caído en saco roto, porque la situación de pobreza se mantiene igual o peor.

A pesar de ser un país privilegiado por la cooperación, la inversión social en los últimos años ha sido tan sólo de ochenta y cinco dólares por habitante, mientras en otros con características similares y con menos ayuda , han sobrepasado los ciento veinte dólares. Esto obliga preguntarse: Entonces... ¿qué se han hecho esos fondos?

La respuesta habría que buscarla no sólo en la ingenuidad, ineptitud o excesiva confianza del anciano del cuento, sino en tratar de encontrar, y no sería muy difícil, en quienes han estado haciendo los agujeros por donde ha drenado todo el esfuerzo del mendigo.

En una reciente charla, promovida por la Fundación Konrad Adenauer, el economista Adolfo Acevedo extendió sus brazos al cielo, con la interrogante, sobre cómo es posible que en las últimas dos décadas recibimos un promedio de más de quinientos millones de dólares anuales, y aún así más del 80 por ciento de nuestra población vive con dos dólares diarios y de estos la mitad sobrevive con sólo un dólar, a pesar de la inversión social que dicen haber hecho varios gobiernos.

Los resultados se evidencian en el deteriorado sistema de salud, la falta de viviendas, pero sobre todo en el área de educación, donde debido a lo obsoleto e injusto, el 87 por ciento de los niños ingresan a la primaria, sólo el 60 por ciento llega hasta quinto grado, incidiendo en promedio de escolaridad, que es apenas de tercer grado en el campo, y de quinto en las zonas urbanas.

Con esta información, ¿de qué clase de mano de obra podemos disponer para desarrollar este país sino se destinan fondos suficientes para la educación?

De los nicaragüenses que ingresan cada año al mercado laboral, siete de cada 10 sólo están aptos para empleos informales y de poca monta, y la tendencia es que estos empleos cada día disminuyan, debido a los avances tecnológicos de los cuales somos testigos casi impasibles.

En los países asiáticos, calificados como ejemplos del desarrollo económico moderno, la primera preocupación de los gobernantes y sus habitantes fue la educación, y eso les permitió dar saltos cualitativos que los han colocado como los grandes abanderados de la tecnología y el mejoramiento del nivel de vida de su población.

El anuncio del retiro de la cooperación sueca con el argumento que hay otras naciones, especialmente en África, que necesitan más; es el mismo que tendrán otros donantes para considerar que ya es tiempo de replantear sus programas con Nicaragua, porque después de casi dos décadas los resultados no han tenido efectos concretos para la reducción de la pobreza y no se han hecho los esfuerzos suficientes para sentar las bases de un desarrollo sostenido y sustentable.

Los donantes pueden estar pensando que algo no funciona en este país, porque sus préstamos y donaciones han estado cayendo en saco roto, lo cual nos obliga a considerar seriamente que ya es tiempo que procedamos no sólo a remendar el saco, si no que también dejar de estirar la mano y dedicarnos a trabajar.

Más información en www.laprensa.com.ni >>
© LA PRENSA 2005 - Todos los Derechos Reservados