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Bochornosa presentación en la ONU

Con su grotesco discurso de ayer en la 62ª Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente Daniel Ortega desperdició una gran oportunidad de promover la obtención de más ayuda de la comunidad internacional para la población de la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN), damnificada por la devastación del huracán Félix; así como también perdió la ocasión de promocionar a Nicaragua como lugar propicio para la inversión extranjera, que es la única que puede generar riqueza y producir prosperidad. En realidad, ¿quién querrá invertir y arriesgar su capital en un país gobernado por alguien como Daniel Ortega, el que sube al estrado de la ONU sólo para despotricar contra el capitalismo, para expresar su odio a Estados Unidos, para apoyar y alentar conflictos en el mundo entero?

Lo cierto, lamentablemente, es que con su bochornosa presentación de ayer en las Naciones Unidas, Daniel Ortega confirmó lo que previmos en el editorial de nuestra edición anterior, titulado La representación de Ortega en la ONU; es decir, que Ortega iría a representar a su partido FSLN, y en todo caso sólo al 38 % de ciudadanos nicaragüenses que votó por él en las elecciones del año pasado.

En realidad, la presentación de Ortega ayer en la Asamblea General de la ONU fue negativa para Nicaragua, porque su obligación como Presidente era ir a promover la amistad y la colaboración entre todos los países del mundo, a abrir las puertas de la cooperación con un lenguaje amistoso, no a cerrarlas con un discurso virulento, tal como lo ha expresado muy acertadamente monseñor René Sándigo, secretario general de la Conferencia Episcopal de Nicaragua.

Y el colmo es que Ortega ni siquiera planteó ante la Asamblea General de la ONU, como lo había anunciado su canciller Samuel Santos, la situación de extrema urgencia en que se encuentra la población de la RAAN damnificada por la devastación del huracán Félix. Lo que hizo Ortega en el foro de la ONU fue liberar sus complejos ideológicos, dar rienda suelta a su fobia contra Estados Unidos, contra el capitalismo, contra la democracia occidental. Habló en nombre de Fidel Castro y de Lenin, de Ahmadinejad y de Hugo Chávez, no en representación del pueblo nicaragüense que es mayoritariamente democrático, pacífico, amistoso , con todas las naciones del mundo incluyendo a Estados Unidos; es un pueblo, el de Nicaragua, que quiere tranquilidad, seguridad interna y confianza internacional para trabajar, salir de la pobreza y progresar.

En nuestro editorial de ayer señalamos —y es necesario reiterarlo ahora—, que la atribución de representar a la nación que confiere la Constitución (artículo 150, inciso 2) a quien ejerce la presidencia de la República, indepedientemente de cuántos electores votaron por él, “será legítima, sólo en tanto y en cuanto el individuo la ejerza en estricto cumplimiento de las obligaciones y deberes correspondientes al cargo público que desempeña”; y que: “La representación, en el caso del Presidente de la República… es el carácter y la dignidad con que él actúa, en el entendido de que al ejercerla no traduce la voluntad propia, la de su familia o la de su partido, sino la de toda la población diversa y plural a la que temporalmente gobierna”.

Pero es evidente que, como lo reafirmó él mismo y una vez más con su lastimosa presentación de ayer en la Asamblea General de la ONU, a Daniel Ortega no le interesa representar a todos los nicaragüenses, a cuya mayoría seguramente le guarda rencor porque lo humilló al desalojarlo del poder mediante las elecciones del 25 de febrero de 1990.

Si Daniel Ortega fuese un estadista —como debería ser quien ejerce el cargo de Presidente de la República—, después de que fue elegido por una minoría de 38 por ciento de los electores hubiera reconocido su condición minoritaria y llamado a formar un consenso nacional, a fin de conseguir respaldo para gobernar en función de todos los nicaragüenses. Pero es evidente que Ortega no quiere el consenso que se logra con el diálogo, el respeto y la consideración de los intereses y los sentimientos de los demás, sino someterlos por medio de la imposición.

Con esa piedra ya tropezó Daniel Ortega una vez y sin duda que volverá a tropezar con ella.

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