Aplausos en varias momentos de la noche, fue la respuesta del público ante la obra Dos Hermanas del grupo Petra, dirigida por Fabio Rubiano.
Desde que Marcela Valencia aparece en el escenario cautiva, un raro proceso de extrañamiento facilita que no sintamos desprecio o miedo por esa mujer que guarda el cadáver decapitado de su esposo en una horrible maleta roja.
La actriz posee un talento extraordinario para lograr grandes transiciones, desde la violencia, al sarcasmo o el rencor. Miente tan bien que nunca sabremos el destino de sus hijos.
Con claras alusiones a Medea y su sino trágico, la obra serpea en un disloque temporal de las secuencias que giran hacia delante, hacia atrás, para darnos las aristas del conflicto temático, cuyo vórtice es el asesinato de García, esposo de Oliva y amante de la hermana de ella.
Las actrices arrancan las risas, Valentina Rendón posee un aparato fónico extraordinario, alcanza registros altos y sostenidos, pero aún debe limar la sincronización de sus movimientos con los efectos sonoros para que haya más exactitud.
Si Marcela transmite todo el tiempo una amplia gama de matices, el rostro de Valentina en ocasiones no ofrece los sentimientos de terror, culpa o dolor que amerita la escena.
Pese a todo, fue una hermosa puesta, con escasos recursos escenográficos y una franca alusión a los objetos a través de los sonidos y los gestos, las actrices llenan el escenario y enganchan en su historia a los asistentes que viven el cruce a través de los círculos del infierno.
Traición, lujuria y venganza son los móviles, con esa triada cabalga Dos Hermanas a través de seis actos, hasta llegar al punto ciego donde comenzará de nuevo la historia, como sucede con Francesca de Rímini y su cuñado Paolo en el Infierno de Dante.