La extradición del ex presidente peruano Alberto Fujimori es saludable para recuperar el respeto al honor de los millones de peruanos, que desde hace años esperamos con cierta impaciencia la conclusión de un proceso que a todas luces debía inclinarse a favor de la búsqueda de la verdad y la justicia.
La segunda Sala de la Corte Suprema de Chile ha hecho bien en aprobar la extradición para que la evidente corrupción en la que incurrió Fujimori no quede impune. Seguramente, las declaraciones que Fujimori ha hecho al regresar como prisionero al Perú, complementan las dudas y cabos sueltos que aún quedan en los juicios de aquellos políticos, empresarios y directores de medios de comunicación que cayeron en la red de corrupción encabezada por Montesinos (ex asesor presidencial) y Fujimori.
Los medios de comunicación peruanos han cubierto con lujo de detalle las noticias relacionadas con el proceso de extradición, y del mismo modo cubrirán el juicio que se le siga en Lima. Sin embargo, estos medios no deben bajar la guardia respecto a seguir fiscalizando los casos de corrupción en algunos entornos ministeriales del gobierno actual de Alan García. Por ejemplo, la malversación de fondos públicos.
Ahora la pelota está en cancha de la justicia peruana, la cual deberá demostrar imparcialidad e independencia, para no dejar que el juicio a Fujimori se convierta en una venganza política. La justicia peruana debe tener una sólida eficacia, para demostrarle al mundo un juicio limpio, cuyas conclusiones provengan más de las pruebas contundentes que de influencias políticas. Eso repercutirá el año siguiente, cuando el Perú sea sede de la APEC, cuyos países miembros mirarán la madurez de la sociedad peruana para concentrarse en la apertura económica al mundo y hacer respetar el Estado de Derecho, confiando en que la justicia hará lo que mejor convenga con el ex dictador.
La extradición de Fujimori ha establecido un buen precedente y ejemplo para las futuras generaciones que hoy se forman en las escuelas, quienes reciben el mensaje de que un presidente elegido democráticamente no debe hacer lo que se le de la gana. Ni mucho menos imponer a su antojo las leyes y normas que más favorecen a sus intereses que a los del pueblo.
Los seguidores del ex dictador peruano, quienes han salido a las calles limeñas para defenderlo, probablemente no logren el renacimiento del fujimorismo como partido, el cual quedará sepultado en el olvido tras el paso del tiempo.