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23.09.07
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(La Prensa/Jorge Ortega)
Pavarotti y el “resto de tenores”
Igual que los alquimistas medievales, el tenor Ramón González almacena en su casa los “chunches” más raros del ingenio humano que, entre cantos de operas y zarzuelas, repara con singular paciencia
Mario Fulvio Espinosa
domingo@laprensa.com.ni

Los cachivaches son tantos que puestos en estantes o almacenados unos sobre otros no dejan ver el color de la pared. Ahí todas las cosas pertenecen al siglo pasado, viejas victrolas RCA con perrito y todo, teléfonos Bell de manigueta, grabadoras Uher de carretito, radios Pilot de tubos, cajas registradoras de palanca y campanilla, máquinas de escribir Royal. “Chunche que me viene, o sale reparado, o resulta convertido en otro tereque”, dice con desparpajo Ramón.

No dejemos para otro espacio mencionar que Ramón González en materia de trabajo ha sido un McGuiver: fue vendedor de rosquillas y repostería, sastre, herrero, mecánico, cañero del ISA, pintor, sobador, masajista, barbero, cantante de orquesta y profesor de canto y locución.

Sobre la faceta musical debemos añadir que el mayor espacio de la sala lo ocupan viejos discos de acetato, carretes de cintas grabadas en los años cincuenta con canciones de viejos tenores, barítonos, bajos, sopranos, contraltos y coloraturas de todos los calibres.

Entre tantos chereques el mejor tenor que ha parido el país va y viene, cuando se decide enciende su equipo de sonidos y, tirado en un viejo sillón, se da el gusto que muchos quisiéramos: escuchar su amada música y cantar a todo pulmón diferentes arias de operas, a veces acompañado por Pola, su lora soprano, mientras escuchan somnolientos, la perra Tosca y la gata Malú.

“Hombre Ramón, se murió Pavarotti, que opinión tenías de él”, hemos echado el anzuelo y Ramón pica y se suelta: “No tengo un criterio definido porque no soy un gran crítico, pero poseo muchas obras con las que hago comparaciones sobre la calidad de voz de grandes tenores. Conservo grabaciones de Lauritz Melchior, Mario Morel, Jacintto Brandelli, Guiseppe Campora, Alfredo Kraus, Plácido Domingo, Franco Correlli, Mario del Mónaco y DiEstéfano, que fue descubierto por un barbero como yo, que lo hizo cantar para pagarle el corte (interrumpe el cuento para cantar, “La donna e móvile cual piuma al vento”), y prosigue: “Ya no hubo “rasuratta”, el barbero lo llevo ante un profesor notable y le dijo: ¡He aquí uno tenore!, y DiEstéfano se convirtió en uno de los grandes cantantes de su época, no habían aparecido ni Pavarotti ni Plácido Domingo”.

¿Pero, también existió Caruso, José Mojica, Tito Skipa y otros?

Claro, pero a esos yo los oía cuando a los cinco años intentaba darle cuerda a la victrola de mi casa y como no tenía fuerza la cuerda quedaba a medias, y Caruso se oía gangoso, y desde el fondo mi madre me gritaba: “¡Ramón Enrique, dale cuerda!”

Así escuchaba cantar a Caruso la Matinatta, aquella que decía (Canta: “La aurora di bianco vestita, caretze de luche et gran sol”), me acostaba en el suelo con las manos en la quijada a escuchar a Juan Pulido y a la Melba.

Toda mi vida la dediqué a oír a los grandes cantantes. En esos tiempos allá en Granada no se oía eso que hoy llaman música, se escuchaba en lo popular el Foxtrot, el Blue y ya comenzaban a llegar los valses de Straus y Franz Lehar con su Viuda Alegre y El Conde de Luxemburgo.

También mi curiosidad me llevaba a las clases de piano y violín que impartía el maestro José Santamaría. Ahí oía música o si no, en cierto lugar había una pianola a la que le insertaban un disco y comenzaba a tocar, y no faltaba el guasón que se sentaba ante el aparato y hacía como si tocara las teclas meneando manos y dedos como si fuera un gran pianista.

Por ese tiempo todos los domingos llegaba al Parque Central de Granada la orquesta del Maestro Chimino y Los Piches, que iban casi en un grupo militar a tocar “Poeta y Aldeano”, “Caballería Rusticana” y tantas otras, la gente se sentaba en las bancas para saborear el deleite de escuchar esa música. Hoy, si pones un disco con esa música los chavalos comentan: “Ya está el viejo loco poniendo esa música de muerto, ¿verdad?”.

Pero no me has dicho cual es o fue el mejor tenor o la mejor soprano.

Ya voy llegando. En tiempos de Caruso se grababa cantando ante una pitoreta inmensa con forma de megáfono. Acompañaban al tenor una trompeta y un trombón. Después grabó en un disco inventado por Edison que captaba más sonidos. Más adelante Caruso llegó a grabar acompañado de una orquesta de Violines y de manera gradual aparecen las grandes voces que reciben la crítica de quién es el mejor o quién es el más grande.

Sobre esto me voy a atrever a prestarte un libro que describe las cien voces mejores del mundo, yo sé que vos me lo devolverás, porque dicen “libro que se presta, libro que se pierde”. Te lo voy a prestar con un mecatito para halarlo cuando lo necesite.

¿No tienes miedo de que se pierda con todo y mecate?

Veremos, dijo un ciego. Sigo, a partir de ahí empecé a escuchar otras voces nuevas, apareció Nelson Eddy, José Mojica, Jean Kipiura que era un tenorcito alemán o inglés, que cantaba una canción donde dilataba bastante tiempo dando una nota. Las películas mejicanas trajeron a Jorge Negrete, que cantaba muy bien, Tito Guizar, que no era tan bueno como Negrete, Pedro Infante que cantaba bonito pero que no era mejor que Negrete.

La película Escuela de Sirenas nos presentó a Carlos Ramírez, un tenor colombiano que era chaparrito y lo enfocaban de abajo para arriba y se miraba inmenso. Después de esa cinta todo el mundo cantaba Granada y yo me la sabía, pero Carlos Ramírez era barítono y lo mío era tenor, tenía una vocecita de gato, pero le hacía huevo.

Se rompió la capa que estaba cubriendo a los grandes maestros del canto con la aparición en películas de Mario Lanza interpretando el papel de Caruso, cantando, Celeste Aída, Matinata y toda esas cosas, eso le abre más el camino a los cantantes que aparecen en radio y televisión.

Para entonces tomo parte en mi primer concurso, junto con otro fulano Leytón y una serie de muchachos, a mí me dan el tercer premio porque se me fue un gallito, si a Caruso se le iban los gallos y aún así lo premiaban, a mí se me fue ese y por eso me dieron el tercer lugar. ¿Qué te parece?

¿Dónde fue ese concurso?

En el recién inaugurado Teatro Salazar. Recuerdo que, acompañado por Julio Max Blanco, canté “Muñequita Linda”. Se cantaba a capella, sin micrófono ni nada. Pero ahora a cualquier Chayanne le ponen veinte mil watts, o treinta mil para que cante Luis Miguel.

Los maestros de antes ponían a los alumnos a correr, a nadar, y hacer los ejercicios cantando. Conmigo recibieron ese sistema Thelma Carrillo, Julio Ruiz, Hortensia Borge, Manuel Salazar que descanse en paz y Eduardo Paniagua, que era violinista y se hizo cantante y que también descansa en paz. Tuve un alumno que se llamaba Octavio Orochena, que se fue a los Estados Unidos y cuando se presentó donde el profesor gringo, este le preguntó dónde había estudiado canto. Yo estudie en Nicaragua, dijo Orochena, pero el maestro no quería creer que yo le había enseñado sino que a lo mejor un profesor italiano o alemán.

Pero hablemos de los cantantes nacionales…

Vamos por partes. Mario Lanza no era un buen tenor, parecía un toro cantando, muchos lo imitaban hasta que aparecieron en la televisión los tres tenores, Pavarotti, Plácido Domingo y Carreras. A partir de ahí, ya todo mundo investiga quiénes son los buenos tenores y quiénes son los malos.

Yo tengo en mi haber grabaciones de nuevos tenores, entre ellos a Pedro La Virgen. Por eso ahora concreto que Pavarotti es el más grande tenor que he escuchado, es el tenor que mejor articula, Plácido Domingo canta muy bien, pero su articulación no es como la de Pavarotti. Otro es Franco Corelli que canta con un gran poder, pero no tiene la pronunciación clara que tiene Pavarotti. La articulación es el hecho de pronunciar con claridad la letra de la música y que no se te vean defectos en eso.

¿Y Carrera? ¿Alfredo Kraus? ¿Bochelli?

Bonitos tenores, pero no le llegan a Pavarrotti.

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