Seguir reclamándole al liberalismo su error histórico de asistir dividido a las elecciones del año pasado, es preocuparse por leche derramada. A su vez, quienes se empeñan en señalar culpable, ocultan su propia responsabilidad.
La verdad sobre la causa de ese fracaso comicial es que todavía tenemos los políticos nicaragüenses la mentalidad precolombina. Esta se basa en una cultura de clanes con intereses muy individualistas (amigos de la misma tribu). El afán es conseguir a un caudillo jefe que consiga el poder, que luego usará para dominarnos. Los planes de largo plazo y el sentido de nación en beneficio de todos los ciudadanos del país, no existe, si bien el empeño individual por alcanzar preeminencia es explicable, lo más importante es reconocer que existe un área donde debe prevalecer la conveniencia de todos, como la paz, el desarrollo, la libertad y la ley. Porque, ¿cuál hubiera sido la diferencia si hubiese ganado Montealegre o Rizo, si ambos tienen suficiente personalidad para gobernar con criterio propio, como lo demostró el ingeniero Bolaños? La prueba es que después del fracaso electoral se juntaron para animar a los liberales deprimidos. Si el FSLN ganó las elecciones no fue por su ideología difusa, confusa e impracticable, o por una administración anterior modelo, ni por contar con talentos políticos, ni por actos heroicos cumplidos en los pasados 17 años. Su precaria clientela la retuvo porque Ortega mantuvo a su 38 por ciento unido alrededor de una perseverancia agitadora y su habilidad negociadora con un adversario debilitado, al quebrarse la fórmula Alemán Bolaños.
En cuanto a faltas, delitos o deficiencias de los jefes, nuestra cultura política no los penaliza, pues son otros los valores que cuentan para entusiasmar o perder a la clientela. Me refiero a la perseverancia, el tiempo completo dedicado a la política, las promesas populistas, el desafío al poderoso, la denuncia de los abusos del poder, la confianza entre los dirigentes, el gusto por comunicarse y mezclarse con la gente desposeída y la falta de temor a la cárcel, el exilio, la expropiación o la muerte. Son los mismos valores que animaban a los conquistadores españoles y que ahora repiten criollos y mestizos aliados con fuerzas confesionales, tan oportunistas como entonces.
Afortunadamente hay atisbos de que las dos facciones liberales no quieren tropezar con la misma piedra, y ponderan unirse. No obstante la reciente separación que mostraron frente a la derogación de la Ley Marco sembró la duda. Bastó que surgiera la posibilidad de conseguir “pegas jugosas” para que el ímpetu inicial de cohesión empezara a desvanecerse. A pesar de todo, el tiempo no se ha acabado y aún el gobierno no logra reelegirse. Lo importante es que esos valores tradicionales debemos cambiarlos por el orden, la lealtad, el trabajo, las reglas de juego estables. El sentido de nacionalidad, la lucha contra la miseria y la desocupación. No obstante, el premio de esta competencia no debe ser de consolación, vía zancudismo institucionalizado, sino la victoria total con un dialogo permanente con el adversario
En la historia del liberalismo ha habido ejemplos de renunciamiento patriótico. Cuando Moncada fue desafiado por Sacasa, en 1927, éste declinó para no exponer a su partido a perder el poder frente a un competidor unido en el mando. Y cuando a Sacasa, en 1932, le surgió como rival Antonio Barberena, éste comprendió el peligro y se abstuvo de fraccionar a su partido.
El liberalismo tiene de nuevo una gran reto y una responsabilidad encabezando una gran alianza con el MRS y los conservadores. No hay sustituto para la victoria y no hay peor resultado que la derrota. Espera Nicaragua que el liberalismo haya madurado y decidan por patriotismo concurrir unidos de ahora en adelante.