En esto que voy a comentar ahora no hay diferencias ideológicas, todos los políticos criollos son iguales.
Me refiero a la vergonzosa costumbre que tienen todos de tratar de disimular su incapacidad recurriendo al burdo recurso de cambiar los nombres de los edificios: escuelas y hospitales principalmente, costumbre que además representa un vano intento por borrar el pasado, la historia.
Ahora hemos llegado al colmo, estamos reciclando nombres. Con cada cambio de gobierno los mismos desvencijados edificios permanecen, lo que cambian son los nombres.
En esto los sandinistas han sido particularmente prolíficos. Incapaces durante su primer período de construir nada, le cambiaron el nombre a todo. Llegó la administración de Violeta Chamorro e hizo algunos cambios, pero cuando llegó Arnoldo Alemán, un gobernante que le gustaba distinguirse por “sus obras, no palabras”, la cambiadera de nombres arreció.
Recuerdo que sin el menor rubor le cambió el nombre al hospital Manolo Morales —a su vez rebautizado por los sandinistas, pues era el Hospital Oriental, y le puso Roberto Calderón. Poco importó a Alemán que antes de fallecer el doctor Calderón haya expresado con amargura la manipulación de que fue objeto por parte del propio Alemán cuando dirigió aquel Diálogo Nacional que sirvió de mampara a las verdaderas negociaciones del pacto. La desfachatez de algunos no tiene límites.
Ayer, con los sandinistas de nuevo en el poder y cambiando frenéticamente nombres, le tocó el turno al Instituto Salomón de la Selva de Managua. A propósito de un aniversario más del asesinato del dictador Anastasio Somoza García, le volvieron a poner Rigoberto López Pérez, en honor al sastre-poeta que en 1956 pensó que matando a Anastasio Somoza García mataba a la dictadura.
Claro, “el Rigoberto” como se le conocía y se le conocerá al instituto, no fue construido por los sandinistas ( ¿construyeron algo los sandinistas en los años 80?). Ése era el Primero de Febrero, en la época de los Somoza.
Para mí, los políticos deberían tener vergüenza y negarse a cambiar los nombres de los institutos, hospitales, edificios, etc. que ya existen. Si quieren honrar a sus próceres o a la gente que admiran pues construyan nuevos hospitales, nuevas escuelas, nuevas bibliotecas, etc. Buen ejemplo de ello son las plantas generadoras de energía Hugo Chávez. Lo que no entiendo es por qué les pusieron así si todavía hay que pagárselas al megalómano venezolano y son ineficientes y carísimas.
Esta fea costumbre de cambiar nombres no sólo revela la ineficiencia de los políticos nuestros, sino que crea más confusión en un país —y en el caso de Managua, una ciudad— que se caracterizan por el desorden y la confusión. Son tan incapaces que no pueden hacer ni siquiera un pinche mercado nuevo, y ahora ya no sabemos ni cómo llamar a los que existen: ¿es Israel Lewites o Bóer? ¿Es Central o Huembes? ¿Es Iván Montenegro o San Miguel?
En el caso particular de los mercados creo que habría que quitarles el nombre de los guerrilleros muertos. Me parece más bien un insulto para alguien que entregó su vida que termine con el nombre de un mercado sucio, desordenado y donde en muchos casos pulula la delincuencia.
Por lo demás, no sean (más) sinvergüenzas hombre, si quieren ponerle el nombre a algo, tengan la decencia de construirlo primero, lo contrario es robarse el mandado.