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Pobreza y desesperanza

La situación económica de gran parte de los nicaragüenses es sumamente crítica. La pobreza ha ido aumentando y asimismo la desnutrición causada por la falta de trabajo, los bajos salarios y el aumento del precio de los alimentos básicos. En casos extremos, el desempleo empuja a familias enteras a recorrer las zonas residenciales de la capital, temprano por la mañana, para registrar las bolsas de basura que los residentes sacan a la acera de sus casas, en busca de cualquier cosa que se pueda comer o vender.

El número de niños y niñas que venden agua helada, chiclets y cien cosas más en los semáforos y los mercados ha aumentado en vez de disminuir. Aumenta el precio de los combustibles porque “el hermano pueblo de Venezuela” —como le gusta decir al presidente Ortega— sigue vendiendo el petróleo, a Nicaragua, al precio internacional fijado por la OPEP. Se empeoran los cortes diarios de energía eléctrica en todo el país. Ahora también se suspende el servicio de agua, pero los cobros de uno y otro servicio siguen llegando con el mismo monto de consumo.

Mientras tanto el presidente Daniel Ortega, cuyo mandato se aproxima a su primer año, ha viajado a países islámicos —donde estableció hermandades de sangre con el libio Muhamar Al Kadafi y el iraní Mahmoud Ahmadineyad—, a Cuba y Venezuela, para unir su voz contra “el imperialismo y contra el capitalismo mundial que empobrece a las naciones”; sigue viajando a Venezuela y llama por teléfono al presidente Hugo Chávez a su programa Aló Presidente, para ofrecerse como “mediador” en el conflicto entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el gobierno colombiano; ahora va a las Naciones Unidas a pedir ayuda para los damnificados del huracán Félix, pero la que se ha recogido el gobierno la distribuye de manera discriminatoria y politizada, por medio de los CPC del FSLN.

Ortega vocifera contra Estados Unidos, pronuncia discursos extensos y extemporáneos de hasta tres horas —como el que dirigió con motivo de la celebración del 28 aniversario del Ejército de Nicaragua—, acusa a los medios de comunicación no oficialistas de conspirar contra su gobierno y de esconder la “verdad”; atiza el odio de clases y la división nacional; manda mensajes devastadores contra la inversión extranjera al tomar de forma ilegal y arbitraria instalaciones de la Esso; instrumentaliza a los poderes del Estado para decapitar a rivales políticos que denuncian delitos de corrupción; chantajea al Diario LA PRENSA con políticas de terrorismo fiscal y violaciones a la ley y a la libertad de expresión y de información, etc.

Todo esto ha creado pesimismo e incredulidad en la población con respecto a lo que el actual gobierno puede hacer para mejorar la crítica situación del país. El presidente sandinista Daniel Ortega no va más allá de su retórica. No sorprende, pues, que de acuerdo con la última encuesta de la firma M&R Consultores, realizada en la segunda mitad del mes de agosto pasado, prácticamente la mitad de los encuestados (49.9 por ciento) no cree que en este Gobierno habrá prosperidad; un 72 por ciento no cree que el presidente Ortega reducirá el hambre a cero; un 49.6 por ciento no cree que está cumpliendo con la promesa de reducir el desempleo; un 50.3 por ciento no cree que el Gobierno está cumpliendo con la promesa de mejorar la calidad y el acceso a la educación pública; el 53 por ciento se declara sin esperanzas y casi el 60 por ciento cree que va en la dirección equivocada.

Es verdad que en Nicaragua había problemas económicos y políticos antes de que Daniel Ortega asumiera el poder, pero con su desatinada y autoritaria forma de gobernar los ha empeorado aceleradamente. El gobierno de Daniel Ortega no sólo no propicia un clima adecuado para la inversión nacional y extranjera —que es la única manera de crear empleo y generar riqueza— sino que con su retórica agresiva provoca una innecesaria y malsana confrontación.

Esto es lo que explica la desesperanza y la angustia en que viven los pobres de Nicaragua, que no están “arriba” como dicen los rótulos de propaganda orteguista, sino todo lo contrario. Ortega está llevando al país al despeñadero, como ya lo hizo en los años ochenta. Pero pese a todo no hay que perder la esperanza en que Nicaragua volverá a ser República.

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