José Downs Paterson, un indígena de 77 años, todavía es un hombre fuerte a pesar de la odisea que le tocó vivir durante el huracán Félix.
Antes del meteoro, Downs Paterson trabajaba en su finca ubicada a unos cuatro kilómetros de la comunidad de Yulu, por eso viajó un día antes para ver la cosecha y limpiar la maleza, pero se encontró con el fenómeno natural que él califica como “un demonio”.
“Siempre me he comunicado con la naturaleza; ella avisa cuando va a llover, pero esta vez fue una sorpresa, yo salí a chapear porque cuando llueve el monte es más suave para quitarlo”, dice Downs Paterson.
Sólo que esta vez no hubo necesidad de rozar porque el viento se encargó de arrasar con todo lo que se movía, dejando una estela de destrucción.
Paulina Downs, hija de don José, dijo que cuando su papá sintió los fuertes vientos quiso regresar, pero no lo logró porque el ciclón lo arrastraba, así que decidió agarrarse fuertemente a un árbol para esperar que terminara la borrasca.
Para don José, quien ha vivido en el llano cultivando, nunca pasó por su mente que el bosque pudiera convertirse en un infierno.
“Vi cuando el viento se ensañó con los árboles, ya que tronaban cuando sus ramas se quebraban por las ráfagas que soplaban en todas direcciones”, dice.
Así pasó horas interminables, esperando que el milagro de la vida no le permitiera soltarse del árbol que lo salvaba de la muerte.
Cuando cesó todo, Downs Paterson decidió salir y caminó tres kilómetros, pero no sabía dónde estaba porque el camino se había perdido.
LO SALVÉ DE LA MUERTE
Downs Paterson pasó tres días en la montaña sin agua y todo el cuerpo golpeado.
“Cuando me avisaron alquilé una camioneta para viajar a Yulu; ahí contraté a 21 personas que me acompañaran montaña adentro para salvarlo de la muerte”, explica Paulina, quien siempre tuvo la esperanza de encontrarlo con vida, pero antes de salir a buscarlo la comunidad rezó pidiendo por él.
“Caminamos seis horas, llevamos machetes y agua porque no sabíamos su condición y dónde estaba, pero sobre todo no me olvidé de la concha de caracol que utilizamos para llamarnos. Soné la concha varias veces para ver si respondía, pero no lo hizo, hasta después de seis horas”, recuerda.
“Fue muy difícil por los obstáculos del camino, pero fue más difícil porque después de tres días del huracán ni un pájaro cantaba”, dice.
La joven jamás olvidará cómo encontró a su padre, debajo de un árbol golpeado, ensangrentado y desnudo como Dios lo envió al mundo.
“El viento era tan fuerte que primero se llevó mi camisa y luego se llevó el resto de la ropa”, le dijo Downs Paterson a su hija.
“Tuve que sacarlo desnudo porque sus heridas eran tantas que la ropa lo lastimaba, sólo logré ponerle un bóxer y darle un poco de agua con un algodón porque sus labios estaban resecos”, dijo Paulina.
Aturdido por las terribles horas vividas, don José preguntó a sus rescatistas quiénes eran. Paulina comprendió que si hubiera llegado una hora más tarde lo hubiera encontrado muerto.
“Jamás voy a volver a la finca, viví la muerte en ese lugar”, dice Downs Paterson una semana después de la odisea.
Unos pedazos de yuca le ayudaron a mantenerse durante los tres días que pasó perdido en el bosque.
Esta familia, como muchas de las que no lograron acudir a un centro de refugio, culpan al Sinapred de no haberles informado a tiempo. “No escuchamos nada de alerta hasta el mismo día del huracán y mi papá ya estaba en la finca”, dijo Paulina.