Nelson Rockefeller es el único verdadero millonario a nivel de globo terráqueo, con quien he podido intercambiar vocablos, personalmente y en claro español. Ausente de este mundo aunque con su imperio intacto, la entrevista ocurrió en uno de los salones del “Waldorf Astoria” de Nueva York, en una de las campañas para ocupar la Presidencia de Estados Unidos, sueño suyo irrealizable, frustrado por las debilidades de su pasado matrimonial. Pudo conformarse con ser—accidentalmente— Vice presidente.
Don Nelson, manos ásperas, rostro tatuado por las “pecas”, vestido con discreto y ralo traje, campechano en su comportamiento. Nunca valoré que hablaba con uno de los hombres más ricos de la Tierra, siendo él, gobernador del Estado de Nueva York.
Tres temas bogaron en la sesión: su amistad con Anastasio Somoza García cuando ejerciendo el cargo de Sub Secretario de Estado para América Latina, aconsejó al dictador la no reelección (“y ya ve usted, lo mataron”), sus aspiraciones presidenciales y la responsabilidad social de los millonarios. Sobre este último tema mostró mayor interés. Confesando su creencia total en Dios al que nunca dejó de rogar como “siervo humilde”, decía, admiraba a Calvino a quien atribuía esta frase “los ricos son los mejores hijos de Dios”, pero aquellos que invertían buena parte de su capital en los pobres. “Dios me ha dado tanto en la medida en que yo he dado tanto para obras sociales”. Hablaba un viejo millonario de la centuria pasada.
La última visita a Nicaragua en febrero de este año de uno de los nuevos potentados de este siglo, Carlos Slim Helú, me hizo recordar la tendencia poco común de los muy acaudalados de despojarse un poco de la militancia egómana financiera para pensar y actuar a favor de la marginalidad con sentido realista y no promesante.
Slim y Gates se disputan no sólo el campeonato en el “standing” de los millonarios, se disputan también—y por una nariz—el liderato sobre quién de los dos es el mejor inversionista en las obras de acceso flexible y gratuito, dirigidas a la invalidez monetaria, física y cultural.
El hombre más rico del mundo con una fortuna de 69 mil millones de dólares, dialogó personalmente con el presidente Daniel Ortega, el reproductor de una frase sensacional y polémica “arriba los pobres del mundo”. La reunión produjo saldos favorables, más aún por haber inspirado una fusión importante en cuanto a la suma compartida de los esfuerzos entre empresa privada-Enitel-y Gobierno.
El programa acordado y ya implementado lleva la denominación Ayúdame a llegar. Consiste en dotar a los alumnos de menores ingresos y a su vez de plausible calidad en el estudio, de bicicletas, miles de las cuales están en poder de sus beneficiarios. Sucede la entrega cuando se complican los problemas de transporte urbano, chatarras mortales bendecidas por un subsidio inexplicable, incapaces de garantizar la puntualidad sobre todo cuando la lejanía pone el obstáculo de sentarse oportunamente en el pupitre.
Incurro en la reseña no para caer en el elogio infructuoso, ni considerar el gesto como fruto de la dadivosa caridad, sino como un deber correspondiente a estos magnates en un período dilatado en que “los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres”. Esa es la catastrófica relación.
Esta vez la sede le corresponde a la América Latina a través de México por ser ese el país de origen y residencia del primer millonario del mundo.