-¿Cree usted que el pecado original del periodismo actual sea el compromiso político? preguntó un estudiante entrevistador para un programa de prácticas en una radio cultural colombiana.
Fue brevísima la respuesta que alcancé a oír en medio de las circunstancias apremiantes.
Puede ser oportuno ampliarla, ahora que considero pertinente diferenciar entre el periodista político y el político periodista, así como también entre los medios que sin perjuicio de la información y la exposición de opiniones respetan la multiplicidad de opciones de los ciudadanos y los que porfían en una suerte de pensamiento único, exclusivo y excluyente y en la consiguiente práctica de un periodismo arcaico e involucrado en la acción proselitista dentro del juego tradicional de los intereses creados.
Simpatizar con una ideología, con un partido, incluso con una forma de liderazgo y con algún candidato es un derecho inherente a la ciudadanía en una sociedad abierta y una democracia liberal.
El periodista es, ante todo, un ciudadano y como tal no está privado de prerrogativas básicas. Pensar y expresar opiniones es incluso parte de la responsabilidad social propia de la actividad profesional de buscar sentido, interpretar los fenómenos de actualidad y comprender qué está pasando y qué nos está pasando en el aquí y ahora del discurrir histórico y político. Pero el escenario de expresión apropiado, para que no se interfiera la tarea de informar con imparcialidad y equilibrio, está en las secciones de análisis, los artículos y columnas de opinión, los espacios de controversia y confrontación de tesis, los momentos y lugares de discusión y los canales de interacción con los lectores, oyentes o televidentes.
Lo que sí debe estar proscrito de la actividad periodística es el manejo sesgado, la manipulación tendenciosa, la inclinación maliciosa de la información (o de la opinión, por supuesto) en beneficio de determinadas tendencias políticas o sociales, con desventaja para los mismos ciudadanos. La gente es cada día menos candorosa e ingenua en la apreciación de contenidos políticos. No se engaña tan fácil como algunos podrían presumir. Tiene capacidad para evaluar la transparencia con que se presentan los temas, hechos y protagonistas de la actualidad en el entorno complejo y viciado de la política y para detectar dónde hay buena fe y juego limpio y dónde no.
El periodismo moderno es un esquema dotado de criterio, de responsabilidad, equidad, profesionalismo y transparencia. Asegura el seguimiento metódico de una agenda sintonizada con el interés público. Es garantía de equilibrio, no sólo cuantitativo y de medición por centímetros y columnas, sino, sobre todo, cualitativo. Respeta las diferencias y el pluralismo. Marca un notorio contraste con ciertas proclividades anticuadas y repulsivas de alguno que otro medio, de alguno que otro colega, que se enredaron en el estilo sectario y malicioso, persecutor y revanchista, del siglo antepasado.
No puede ser aceptable que el periodismo no tenga compromiso político. Ni más faltaba. Un periódico, un medio periodístico, no tiene por qué renunciar a las ideas políticas. Le es legítimo exponerlas y defenderlas.
Siempre me ha despertado sospechas la proclamación de una neutralidad y una asepsia absolutas. Inaceptable sí es que se asuma una actitud claudicante que deja en suspenso la independencia crítica.
La diferencia entre un periodismo serio y confiable y otro que algún día habrá de mandarse a los infiernos consiste en que el primero se concibe y se realiza como una causa, como un propósito capital de servicio al bien común y así comprende, expone y divulga la política, en tanto que el segundo despoja la información y la opinión de contenidos axiológicos y finalidades éticas, las convierte en simple pretexto para la acción proselitista y hace del trabajo habitual un instrumento estratégico al servicio de una campaña.
El pecado original no es, entonces, el compromiso político. Es el compromiso ilegítimo con los políticos.