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El inolvidable bello gesto de Andrés Castro
Alfonso Dávila Barboza
El autor es asesor legal penal

Tenemos que reconocer con total sinceridad patriótica los alcances de lo que conocemos y se identifica en la vida histórica de Nicaragua como la Guerra Nacional de 1856. Eso nos obliga a aquilatar los grandes errores políticos que promueven los absurdos intereses partidarios que todavía padecemos.

Cuando impartía la asignatura de Historia de Nicaragua, a mis alumnos de la Escuela Normal de Masaya, tuve el marcado interés de que los futuros maestros normalistas conocieran a fondo los aspectos de los muchos capítulos confirmativos de nuestra historia patria y fui muy amplio en mis explicaciones y charlas fuera de programa de lo que dio origen a la citada Guerra Nacional.

Soy de la opinión que el historiador y el maestro de la referida asignatura de historia deben, en solemne compromiso con la verdad, manifestar en todos sus detalles los hechos y acontecimientos sucedidos, que dejan como resultado sentidas y objetivas lecciones de lo que es y significa nuestra vida y desarrollo histórico social.

La filosofía de la historia traza con acierto el camino, que facilita al historiador el dominio de los hechos que merecen profundos estudios para una real presentación de lo estudiado y bien analizado de las circunstancias, que llevan a determinadas acciones anteriores y posteriores a los grandes sucesos.

Recuerdo que en una ocasión invité a mi clase de historia a un militar que había realizado cursos en el Perú sobre estrategia militar, para que explicara a mis alumnos e invitados especiales sobre las operaciones militares preparadas y ejecutadas por el general José Dolores Estrada. El referido militar, con plano en mano de la Hacienda San Jacinto, aprobó como muy valedero todo lo que se hizo en San Jacinto el 14 de septiembre de 1856, para derrotar con mucho orgullo nicaragüense a los filibusteros de William Walker, capitaneados por Byron Cole y otros militares con experiencia en la guerra.

Y aquí entra con paso firme de vencedor el soldado Andrés Castro, quien en un momento de arrojo y valentía y ante el peligro de una muerte segura —pues el rifle que ocupaba sufrió desperfectos en el momento en que un filibustero se le enfrentaba— y aquí en sublime y bello gesto, con profundo patriotismo, Andrés lanzó una piedra todo furia y desafío y la lanzó al invasor con fuerza tal que le causó la muerte.

Repito pues, que los intereses politiqueros y la sed de poder de Tomás Martínez y Máximo Jerez fueron la causa de esta Guerra Nacional y la cuna inolvidable de la Batalla de San Jacinto.

Finalmente recordemos que nuestra querida Masaya, devota de San Jerónimo, derrotó dos veces a los filibusteros de Walker, cuando los vecinos de Monimbó se enfrentaron en lucha abierta contra sus soldados, aquellos que en vergonzosa derrota salieron huyendo hacia Granada, en lo que hoy se conoce como las Cuatro Esquinas o Sabogales.

Y encuentro meritorio exponer que los derrotados filibusteros tenían como jefe al coronel von Natzmer, militar de fortuna, de mucha inteligencia, que al enrolarse con los filibusteros dejó un alto cargo militar en el ejército de Austria.

En estas Fiestas Patrias bien vale la pena leer, comentar, recordar y vivir con noble sentimiento lo que logramos los nicaragüenses con valentía, heroísmo y profundo amor patrio, por mantener muy en alto y muy visible nuestro pabellón azul y blanco como simbolismo de nuestra soberanía nacional.

Me sumo con mucha devoción intelectual al Canto a San Jacinto, del recordado e ilustre poeta don Augusto Flores Z, amigo y brillante maestro del instituto de Masaya, donde lo tuve como educador, mi maestro de castellano y literatura, cuyo canto comenzaba así:

“Pasan las páginas de la Historia de Nicaragua una a una, y no se encuentra ninguna, donde no halla congoja, y parece que tintas rojas, escribieron nuestra historia…”

Ya ves Andrés, cómo recordamos con pasión tu bello gesto, que no debemos olvidar jamás.

¡Felices Fiestas Patrias, nicaragüenses…! Así sea.

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