El peregrino Benedicto XVI regresó el domingo por la noche a Roma, luego de una visita de tres días a Austria donde dejó ecos de una plegaria silenciosa por las víctimas del Holocausto, condenas al aborto y a una Europa renegada y egoísta, y un aplauso al voluntariado.
Más allá del carácter apostólico de su presencia, el Papa, cabeza de la Iglesia católica, dejó una imagen en el corazón de la comunidad judía.
Poco después de pisar Viena, acompañado por un rabino, se recogió en oración ante el Memorial de la Plaza de los Judíos (Judenplatz) para homenajear a todos aquellos que sufrieron los crímenes del régimen nazi.
Así expresó “la tristeza (y) el arrepentimiento” de los católicos por ese episodio negro de la Historia, y transmitió su “amistad a los judíos”.
Había llegado para una peregrinación espiritual al santuario mariano de Mariazell, a unos 110 km de Viena..
El derecho humano fundamental, que presupone todos los demás, es el derecho a la vida, por lo que “el aborto no puede ser un derecho humano, es lo contrario”, declaró.
Aprovechó también que se encontraba en el corazón de Europa, en un país que ha sufrido una sangría de fieles en los últimos años, para arremeter contra la secularización europea.
“Europa no puede y no debe renegar de sus raíces cristianas”, advirtió.
Y, a su entender, si fuera más generosa, tampoco debería padecer problemas de natalidad.
“Europa se ha quedado pobre en niños, queremos todo para nosotros y depositamos poca confianza en el futuro”, advirtió el sábado en Mariazell ante unos 33,000 fieles que desafiaron la lluvia y el frío para participar en la conmemoración del 850º aniversario de la fundación del santuario.
Y dio la voz de alarma sobre los peligros que entraña la ciencia cuando carece de valores.
Sin la verdad el hombre no puede distinguir entre el bien y mal, entonces los descubrimientos tienen un doble filo: “Pueden abrir posibilidades significativas para el bien”, pero también “plantear una amenaza terrible, que implica la destrucción del hombre y del mundo”, avisó.
Pero no todo fueron advertencias.
El domingo, ante un auditorio de unos 1,800 miembros de organizaciones caritativas, el Papa cubrió de alabanzas la labor del voluntariado, con el que se construye “una civilización de amor” y se rompen las reglas de una economía de mercado, basada en cálculos.
“Sin el voluntariado, la sociedad y el bienestar no podrían, no pueden y no perdurarán”, les dijo.
Su peregrinación también le llevó a la abadía cisterciense de Heiligenkreuz, a 40 km de Viena.
En el monasterio, entre cantos gregorianos y rezos en latín, exhortó a los monjes a centrar la liturgia en Dios para que sea “una imagen de eternidad”, porque de nada sirve intentar embellecerla.