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Las nuevas dictaduras

Las dictaduras populistas del siglo XX están de regreso, disfrazadas de “democracias directas”. En Suramérica son los regímenes de Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. En Centroamérica es el nuevo gobierno de Daniel Ortega, pero su dictadura todavía está en gestación y aún en es tiempo de frustrarla.

Las características de este nuevo proyecto totalitario que sus impulsores llaman también “Socialismo del siglo XXI”, se pueden identificar claramente. Se ubican políticamente en la izquierda, aunque sus exponentes viven como potentados burgueses. Se proponen el control absoluto del aparato estatal y, a través del Poder Legislativo, hacer reformas constitucionales que les permitan la reelección continua e indefinida. En los países donde son mayoría —como Venezuela y Ecuador— liquidan a la oposición parlamentaria. En donde son minoría —como Nicaragua—, buscan someterla por medio de pactos y prebendas. De esta manera consiguen institucionalizar el régimen autoritario.

El gobernante que aspira a imponer la nueva dictadura atrae como aliados a grupos políticos minoritarios y pacta con otros, para someterlos a sus designios. El FSLN ha hecho esto a dos niveles: el de su propia alianza llamada Alianza Unida Nicaragua Triunfa y el pacto con Arnoldo Alemán y el PLC. Como dicen los académicos estadounidenses Jennifer Gandhi y Adam Przeworski en un ensayo titulado Instituciones Dictatoriales y la Supervivencia de Dictadores, “la oposición legalizada se convierte en oposición domesticada”.

Además, estas dictaduras institucionalizadas crean organizaciones de supuesta participación popular que más bien son partidarias y sirven para controlar a la ciudadanía. Tal es el caso de los CPC, cuyos líderes son beneficiados con pequeñas prerrogativas económicas y el poder de mandar en sus territorios. Y sin duda que serán utilizados como fuerzas de choque y mampara de decisiones arbitrarias, bajo el pretexto de que representan la voluntad del pueblo cuando en realidad son cajas de resonancia de “orientaciones” bajadas de la Secretaría del FSLN. Asimismo, estas dictaduras usan el Poder Judicial y en algunos casos el Poder Electoral, como guillotinas contra disidentes o denunciantes de abusos y extorsiones. La anulación de la diputación de Alejandro Bolaños Davis es un caso aleccionador.

Por otro lado, los representantes de estas nuevas dictaduras mantienen un discurso gastado y redundante contra Estados Unidos y el capitalismo mundial, mientras se benefician cuanto pueden de la economía de mercado. En realidad, con la retórica contra Estados Unidos y el capitalismo lo que buscan es crear condiciones apropiadas para, por medio de artificios legales, apropiarse de sus negocios y de sus infraestructuras, como es el caso de la ocupación ilegal de las instalaciones de la Esso en Corinto.

En Nicaragua, la estrategia de Daniel Ortega y del Frente Sandinista para mantenerse en el poder depende fundamentalmente del pacto con Arnoldo Alemán y de la división de las fuerzas democráticas. El danielismo sabe que debe mantener divididos al PLC y a la ALN, o su proyecto se vendrá al suelo. A eso apuesta. De allí que para la consecución de este objetivo invierta muchos recursos económicos y humanos, infiltra a los partidos de oposición, provoca conflictos entre sus líderes, atiza el fuego de la discordia, soborna, concede cualquier cosa secundaria y cuando no consigue una meta, amenaza con el Poder Judicial, con el Sistema Penitenciario, con el Poder Electoral, con lo que sea.

Sin embargo, para mantenerse en el poder el autoritarismo debe superar el gran obstáculo de la pobreza y el subdesarrollo. Si el país no progresa y la gente no experimenta mejoras ni obtiene beneficios concretos, crecerá el descontento que tarde o temprano hará caer a la nueva dictadura. Hugo Chávez cuenta con recursos suficientes para sobornar y comprar simpatías dentro y fuera de Venezuela. Pero en el caso de Daniel Ortega, la falta de recursos constituye la mayor debilidad de su proyecto autoritario. Eso es lo que explica la precipitación del Gobierno para apropiarse de los depósitos de la Esso, a fin almacenar el combustible venezolano que le dará los recursos que tanto necesita Daniel Ortega para financiar su clientelismo político.

En todo caso, este Gobierno sólo podrá instaurar e institucionalizar una nueva dictadura, si logra mantener dividida a la oposición. De modo que la unidad de las fuerzas democráticas es indispensable para salvar la libertad y la democracia en Nicaragua.

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