HONDURAS.- Tegucigalpa volvía lentamente hoy a la normalidad tras la alerta provocada por el degradado huracán Félix, que dejó como saldo un sólo un ahogado en el caribeño Valle de Sula, donde sin embargo miles quedaron temporalmente incomunicados por el desbordamiento de dos grandes ríos.
Aunque los ríos Ulúa y Chamele El Progreso, Jorge Larios, coordinaba esta madrugada, junto a jefes de bomberos, la Policía y el Ejército, la evacuación de las comunidades en peligro de inundación.
"Evacuamos a varios miles de personas, pero afortunadamente todo salió mejor de lo previsto, la naturaleza se portó de manera benevolente. No se produjeron las inundaciones que temíamos", declaró Larios a la AFP desde el puesto de mando en El Progreso.
Larios dijo que los evacuados fueron alojados en escuelas y colegios de la comunidad.
Miles de hondureños que habitan el Valle del Sula pasaron la noche en vela, vigilando el cauce de los ríos, en cuyas orillas hay decenas de comunidades, o montando guardia en puentes de más de cien metros de largo, como el de La Democracia, sobre el Ulúa.
En una mañana calurosa y sin lluvia, en el límite de Amapa, un poblado a unos 30 km de la ciudad de San Pedro Sula y a unos 230 km de Tegucigalpa, cerca de una decena de hondureños se agolpaba a orillas de un cauce alimentado por el Ulúa.
El puente en ese sitio fue completamente tapado por el río, dejando incomunicadas a unas 20 comunidades, dedicadas al cultivo de alimentos, así como caña de azúcar, banano y palma para la producción de aceite.
"Anoche el puente fue completamente tapado, pero afortunadamente no ha habido víctimas", dijo Eugenio Galeas, un hombre de 58 años, que labora en la Cooperativa Victoria de Diciembre, dedicada a la cría de ganado.
"Después del Mitch -huracán de 1998 que dejó miles de muertos- todos nos atemorizamos cuando nos hablan de tormentas o ciclones, por eso usted ve a la gente ansiosa", señaló Galeas.
Mientras Galeas cuenta de las angustias de los empobrecidos pobladores del Valle del Sula, una pequeña panga (lancha) pasa a un grupos de mujeres y niños de los sitios aislados por el cauce.
"Son cinco lempiras (35 centavos de dólar)" le dice un adolescente que conduce la panga a Margarita Barahona, una mujer de 28 años, quien toma de la mano a su hijo Daniel Alexander de cuatro.
"Gracias a Dios nada pasó anoche. No dormimos, estábamos muy atemorizados. Pero Dios no dejó que nada nos pasara", afirmó Barahona.