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El pueblo presidente
Migdonio Blandón B.
El autor es empresario

El título de Presidente de la República fue obtenido por el comandante Daniel Ortega con sólo el 38 por ciento del electorado, pero lo ganó constitucionalmente y muy en buena ley debido a circunstancias bien conocidas. No obstante, pareciera haber subestimado la gran responsabilidad que carga sobre sí, no dándole la importancia que tiene como representante legal de todo el país, incluido el 62 por ciento que no le dio su voto.

En todas las culturas y en todos los tiempos, quien lleva un cargo de tal naturaleza y por lo tanto es representante de todo un pueblo; más aún en un sistema constitucionalmente democrático como el nuestro, con mayor razón debe saber representar dignamente la soberanía del país, acatando las leyes constituidas, sabiendo presentarse en toda ocasión y no sólo decir, de palabra, que “el pueblo es presidente”.

Reconocer que el pueblo es presidente debería significar el reconocimiento de hecho y derecho de su soberanía; asumir positivamente su representación; cumplir y hacer cumplir a cabalidad las leyes constituidas en la Carta Magna, sin variantes ni excepciones de ninguna índole y sin extralimitaciones al debido y mutuo respeto, no sólo en lo institucional, sino a la población en general de nacionales y extranjeros.

Desde la toma de posesión de su importante cargo, el presidente Ortega subestimó ocupar Casa Presidencial como sede de gobierno, edificio que específicamente fue construida para tal fin; y dispuso para dicha función la sede de la Secretaría del FSLN, que a la vez como su crónico secretario ha usado como sede familiar. Compartiendo con su señora parte del poder constituido y su importante labor administrativa y representativa.

Tales cosas, con otras bien conocidas claramente tienden al dominio sectorial o partidario. El “pueblo presidente” las cataloga como fallas, ya que de hecho políticas de tal naturaleza violan en parte la Constitución. así como los frecuentes e inadecuados decretos que vulneran las leyes constituidas, anulando la soberanía del pueblo. Por lo que la repetida frase de “el pueblo presidente” no es más que simple ironía.

Tal frase, al ser dicha irónicamente empaña la susodicha soberanía, que rubricada con sangre, dignamente se ha ganado la ciudadanía mediante el sacrificio y liderazgo de nuestros próceres; por lo que con el derecho adquirido si se actúa con el civismo que ellos nos legaron, erradicando ególatras personalismos, a la luz fulgente del sol de septiembre, ha de brillar siempre airosa la soberanía de nuestra patria.

Que este mes de la patria nos haga reflexionar. Muchas veces se ha dicho que: “los pueblos tienen el gobierno que se merecen”. Si el pueblo es efectivo y positivamente soberano, solamente en él debe estar que se cumplan programas y destino. Todo absolutamente todo se puede hacer con verdadero civismo, incluido orden y justicia. La violencia, ya es obsoleta. El pueblo por una causa justa unido, nunca será vencido.

Si el pueblo es presidente, es en un todo soberano. Su fuerza civilista debe hacer prevalecer sus leyes y derechos constitucionales y por ningún medio debe permitir en su representación un gobierno dictatorial. Las leyes constituidas y sin ninguna elasticidad deben ser el termómetro del gobierno, debiendo ser siempre reguladas sus funciones por el civismo. Sepamos que sólo hay dictadura si los pueblos la permiten.

Que Dios nos dé el valor cívico necesario para que tampoco nosotros lo permitamos.

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