El reto del Ejército

La celebración del 28 aniversario del Ejército de Nicaragua, que fue oficialmente fundado el 2 de septiembre de 1979 con el nombre de Ejército Popular Sandinista (EPS), tiene la particular significación de que es la primera vez que se realiza bajo el segundo gobierno del FSLN, el cual según algunos líderes gubernamentales representa el relanzamiento de la revolución popular sandinista del siglo pasado.

Desde que las encuestas demostraron que Daniel Ortega y el FSLN ganarían las elecciones de noviembre del 2006 —debido a la regla del 35 por cierto que les facilitaron Arnoldo Alemán y el PLC y a la dispersión electoral de las fuerzas democráticas, sobre todo del liberalismo— se planteó la interrogante acerca de qué podría pasar con el Ejército de Nicaragua bajo un nuevo régimen sandinista, izquierdista y revolucionario: ¿Continuará su proceso de institucionalización y profesionalización que es ampliamente reconocido y elogiado, o retrocederá a la politización sectaria que lo caracterizó durante el régimen sandinista de los años ochenta?

Pues bien, durante los ocho meses que han transcurrido desde la toma de posesión de Daniel Ortega, ha habido sólo dos hechos preocupantes en derredor del Ejército, bajo el actual gobierno sandinista, el cual, dicho sea de paso, ya ha sacado las uñas y mostrado sus dientes autoritarios en los siete casos importantes que enumeramos en el editorial del jueves pasado: La dictadura institucional.

El primero de esos hechos fue la participación de un alto representante del Ejército en la gira que el presidente Daniel Ortega hizo en junio pasado por varios países autoritarios y totalitarios, enemigos de Estados Unidos, al parecer con el propósito de solicitar apoyo para la institución militar nicaragüense, o al menos para explorar tal posibilidad. Y el segundo, consecuencia del anterior, fue la declaración del jefe del Ejército, general Omar Hallesleven, de que si Irán le ofrece medios aéreos y otra técnica militar con mucho gusto los aceptarían, igual que si la ofreciese Estados Unidos de Norteamérica o cualquier otro país del mundo.

Para muchas personas, inclusive democráticas, esta disposición del jefe del Ejército es lógica, realista e inteligente, pues como dice el refranero popular “a caballo regalado no se le busca el colmillo”. Según ese criterio, siempre que no haya condiciones políticas a cambio de la ayuda militar, esta tiene que ser bienvenida y aceptada alegremente, sin perjuicio de su procedencia. Pero esa “viveza” criolla y popular no se puede aplicar con simpleza a la política, mucho menos a la política de Estado y las relaciones internacionales. En estas no hay almuerzo gratis y es muy bien sabido que sobre todo los regímenes revolucionarios y beligerantes contra el “imperialismo”, son precisamente los que siempre exigen reciprocidad de cualquier manera al “apoyo solidario” que le prestan a sus aliados y amigos.

En una sociedad y un Estado gobernado por gente que está acostumbrada a vivir en buena medida a expensas de los recursos que llegan del extranjero —como remesas familiares, ayuda humanitaria, préstamos monetarios en condiciones regulares o concesionales, etc.—, es fácil pensar que lo importante es recibir todo lo que nos regalen independientemente de quiénes, por qué y cambio de qué hacen los regalos. Sin embargo, la prudencia y la experiencia aconsejan reflexionar muy bien antes de pedir y recibir la ayuda extranjera, en este caso para el Ejército, de un país que como Irán está enfrentado con la mayor parte del mundo y cuya principal fuerza militar es considerada como terrorista por el Gobierno de Estados Unidos de Norteamérica.

Gracias a su institucionalización, profesionalización y despolitización, que son evidentes, el Ejército de Nicaragua se ha ganado un gran respeto ciudadano. Entre las instituciones del Estado el Ejército es el que mejor se ubica en el ranking de confianza nacional y en general es, junto con los medios de comunicación social y la Iglesia, una de las que tiene mayor credibilidad de los ciudadanos. Esta confianza nacional es un tesoro en manos del Ejército, que no puede ni debe ser arriesgado por sueños revolucionarios que son más bien pesadillas totalitarias, las que afortunadamente quedaron en el pasado y se desvanecieron ante la realidad del país y del mundo.

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