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Los que nunca aparecieron

El recién pasado jueves 30 agosto, Amnistía Internacional (AI) y la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos (Fedefam) celebraron el Día Mundial de los Desaparecidos, el cual se viene celebrando desde 1981. Amnistía Internacional dedicó este año la celebración a “la dramática situación en la que se encuentran las personas que se hallan bajo custodia secreta y no reconocida de Estados Unidos en la llamada guerra contra el terror”. Según AI, más de 70,000 personas han sido detenidas por fuerzas estadounidenses durante la “guerra contra el terror”, y un número indeterminado está recluido en lugares desconocidos en varios países.

En América del Sur, durante la jornada del Día Internacional de los Desaparecidos, de nuevo se reclamó justicia por las muchas personas que desaparecieron durante las dictaduras militares de extrema derecha, que imperaron en las décadas setenta y ochenta del siglo pasado. “Desaparecer es desvanecerse, cesar de existir, perderse. Pero las personas ‘desaparecidas’ no se han desvanecido simplemente. Alguien, en algún lugar, sabe lo que les ha pasado. Alguien es responsable”, se dijo en la convocatoria a la celebración en Chile del Día Mundial de los Desaparecidos.

Pero no sólo a Estados Unidos y las desaparecidas dictaduras militares de extrema derecha en Latinoamérica, se les puede y se les debe acusar por el funesto drama de los desaparecidos. También a las dictaduras izquierdistas —o regímenes del “socialismo salvaje”— hay que acusarlas por la considerable cantidad de seres humanos que hicieron desaparecer durante sus crueles campañas de represión y exterminio sectario.

Cabe mencionar al respecto un emotivo artículo del escritor argentino Marcos Aguinis, titulado La epifanía de los desaparecidos y publicado en La Nación, de Buenos Aires, el jueves de esta semana, en el que recuerda el caso emblemático del diplomático sueco Raoul Wallenberg. Este, cuando prestaba servicio en Budapest, capital de Hungría, en 1944, extendió pasaportes suecos y ayudó por diversos medios a escapar de los nazis y de la muerte a unos cien mil judíos. La heroica labor humanitaria de Wallenberg fue descubierta por los nazis, pero logró evadir la represión y se encontraba en Budapest cuando, en enero de 1945, las tropas soviéticas “liberaron” a la capital húngara. Sin embargo, “el 17 de enero (Wallenberg) fue detenido por los ‘libertadores’ y nunca más se supo de su destino. Hasta el día de hoy sigue en el misterio su final y el sitio donde reposan sus restos. Es un indignante emblema de los desaparecidos, de la injusticia y el absurdo que ensucia el alma del género humano”, dice Aguinis.

En Nicaragua se supone que durante la larga dictadura somocista, de 1937 a 1979, hubo muchos desaparecidos, víctimas de la represión. También en los fatídicos años ochenta del siglo 20 recién pasado, durante la guerra de la dictadura sandinista con la Contra, esta fue acusada por el gobierno de haber secuestrado y hecho desaparecer a numerosas personas. Por su parte, la Asociación Nicaragüense de Derechos Humanos (ANPDH), que fue creada para defender ante todo los derechos humanos de los contras, documentó los casos de muchas personas que desaparecieron, víctimas de la represión de la dictadura sandinista. Pero a mediados de los años noventa los archivos de la ANPDH se quemaron misteriosamente en su oficina, ubicada en el reparto Bolonia, de la ciudad de Managua, y desapareció así una valiosa información sobre los desaparecidos durante el régimen del FSLN de 1979 a 1990.

No obstante, la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH), informó que en los años ochenta “recibió la cantidad de seiscientas cincuenta y seis denuncias de desaparecidos, que hasta el momento (agosto 2007), esta institución no tiene conocimiento de su paradero”. “La táctica militar de hacer desaparecer a los opositores —dice la CPDH— es un método represivo que se basa fundamentalmente en la producción de desconocimiento”.

Esperamos que el regreso de Daniel Ortega y el FSLN al poder no vaya a significar también el restablecimiento de esa política de Estado cobarde y criminal de hacer desaparecer a adversarios políticos.

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