Detrás de esa genuina alegría que mostraban los Medias Rojas ayer durante su desfile por las calles que llevan desde el Fenway Park, al Palacio Municipal en Boston, hay un arduo trabajo iniciado desde hace varios años.
Un primer paso acertado de sus propietarios fue colocar a Theo Epstein en el puesto de gerente. El joven creció idolatrando al equipo, y cuando recibió la oportunidad estaba preparado y conocía lo que debía hacerse para relanzar a un club conocido más por sus fracasos que por sus éxitos.
Gracias a su agresividad y a la confianza que el dueño colocó en sus manos, el chavalo situó a Terry Francona como mánager, quien hasta ese momento no tenía fama de ganador, pero era la persona ideal, según su análisis, para el puesto.
Y luego vimos el arribo de David Ortiz, un oscuro designado que nunca floreció en Minnesota. Retuvo a Manny Ramírez, pese a sus rabietas de todos los años, por ser canjeado y extrajo de las Menores a los chavalos que fueron creciendo como Jon Papelbon.
Una de sus últimas maniobras geniales fue haber extraído a Josh Beckett de los Marlins, por Hanley Ramírez, aunque debía “ cargar” con el contrato de nueve millones de dólares del boricua Mike Lowell.
Ortiz es ahora el mejor designado y Beckett está en el pináculo de su carrera, mientras Lowell ha sido la pieza perfecta para proteger a Ortiz y a Ramírez en el centro de la alineación.
Boston es hoy día uno de los clubes que más énfasis da a la preparación de sus jugadores. Se asegura que tenía a cuatro scouts siguiendo los pasos de los Rockies y una vez que ganaron el pase al clásico de octubre, destinaron cuatro horas para ofrecer un informe detallado de virtudes y defectos de sus rivales.
Quizá lo más importante para los Medias Rojas y sus seguidores, es que Boston además de un gran equipo tiene una gran cantidad de chavalos buenos en sus fincas y eso garantiza el futuro.