Querida Nicaragua: El extraordinario líder dominicano doctor Juan Bosch, patriota luchador contra la cruel dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana, no sólo fue un brillante escritor de cuentos, sino que dejó otro tipo de escritos políticos y ensayos que estudian la psicología y las causas que llegaron a producir un monstruo de tal naturaleza en la desdichada tierra descubierta por Colón en su primer viaje.
“Cuando actúan en función política, los hombres no son ni buenos ni malos —dice Bosch—, son los resultados de las fuerzas que los han creado y los mantienen”. Esto no quiere decir, continúa, como hemos oído a menudo en bocas de un realismo demasiado grosero, que los pueblos tienen los gobiernos que merecen. “Ningún pueblo merece un mal gobierno”.
Después de tantas luchas en contra de todo tipo de tiranías y aberraciones y crueldades de ambos partidos en el pasado, Nicaragua merece un buen gobierno. No es cierto que estemos condenados a merecer malos gobiernos.
Nuestro pueblo ha sabido responder siempre con heroísmo ante las actitudes de los tiranos y de ninguna manera merece la condenación perpetua de ningún caudillo vitalicio.
Hemos tenido la desgracia de no ser un pueblo unido bajo una sola Bandera Nacional. No hemos sido capaces de dejar a un lado la ambición partidaria para pensar en que un país no puede vivir eternamente hablando de política y de partidos, olvidando los deberes que como ciudadanos todos tenemos.
Nosotros nos hemos dejado en segundo plano el trabajo, del estudio, la infraestructura, la economía, la educación, la salud, la moral y el civismo, para vivir inmersos en una eterna lucha partidaria que nunca termina.
Desde que somos República, aún en los tan admirados 30 años conservadores, don Tomás Martínez se enamoró del poder y se reeligió. Y luego el gobierno de don Fernando Guzmán tuvo que enfrentar una “revolución” encabezada por Martínez y Jerez, la cual pudo sofocar.
Zelaya entró y aunque modernizó la república y puso las bases institucionales para cambiar y mejorar a la nación, igualmente se enamoró del poder. La Constitución llamada la Libérrima, uno de sus mejores logros, fue reformada con el propósito de continuar en el poder por largos 16 años. Los abusos en contra del Partido Conservador, confiscaciones, fusilamientos, torturas y corrupciones estuvieron a la orden del día.
Cuando Zelaya fue derrocado volvieron los conservadores e impusieron los mismos abusos en contra de los liberales, confiscaciones, fusilamientos, torturas y corrupciones.
Nunca hemos dejado en paz a nuestra gente. Siempre la lucha política partidaria ha dominado el escenario nacional y un país inmerso en ese tipo de política permanentemente no puede progresar. Es necesario dejar en paz la lucha partidaria, darle una oportunidad de paz y sosiego a nuestro pueblo para que pueda educarse, prepararse, trabajar en paz, tomar iniciativas, comerciar, inventar, crear, producir, disfrutar de las riquezas nacionales por medio de leyes respetables que garanticen la justicia, el trabajo y la paz.
Hemos pasado todo el siglo en estas disputas partidarias: Sandino, Somoza, los sandinistas, los democráticos y entramos al nuevo milenio tropezando con la misma piedra y enfrascados siempre en una lucha partidaria interminable.
Hoy estamos más enredados que nunca. Ahora queremos cambiar. En lugar de perfeccionar la frágil democracia que tenemos lograda con tanta sangre, dolor, exilios y sacrificios, queremos buscar otra sospechosa forma de gobernar. Dejemos las cosas como están. No las compliquemos más.