Quizá nadie, y menos ahora después de una súper campaña como la que tuvo, va a perder el tiempo discutiendo sobre la calidad de Alex Rodríguez. Se trata del mejor jugador. Punto.
Sin embargo, eso no lo convierte necesariamente en el pelotero que usted necesita para ganar títulos.
Al menos con los Yanquis, Rodríguez no fue ese jugador capaz de colocarse el equipo sobre sus hombres y llevarlo a la cima, sin mencionar su paso por Texas, donde realmente no tenía nada detrás.
Y consciente de que el impacto global se consigue en Nueva York, Rodríguez se movió a la Gran Manzana, pero se quedó cortó en sus aspiraciones. Y desde la noche del domingo, decidió dejar atrás lo que quedaba de su contrato de 10 años y 252 millones de dólares y volverse agente libre.
Los Yanquis fueron a su última Serie Mundial en el 2003 y a ninguna desde que Rodríguez se unió a ellos. Y lo único que creció durante su estadía en el Bronx fue su reputación de no batear en postemporada. No lo hizo.
Quizá eso permite comprender la posición —hasta ahora— de los Yanquis, de no ir tras él, al salirse del contrato que lo unía al club de Nueva York por los próximos tres años a cambio de 72 millones garantizados.
Desde mi perspectiva no hay motivos para llorar por su partida. Los Yanquis ganaron el título con antesalistas como Scott Brossius que no bateaban en la campaña, pero que lo hacían cuando dolía. Incluso, se llevaron un cetro con Charlie Hayes en tercera.
La llegada de Rodríguez a los Yanquis fue similar al arribo de los “galácticos” al Real Madrid, donde también se antepusieron los intereses comerciales a las necesidades del equipo.
Lo que los Yanquis necesitan es un pitcher de los buenos, de esos tipo Beckett o Santana, que provocan temor en el corazón del rival, no un bateador que como dijo Reggie Jackson, “batea una tonelada de cuadrangulares, pero no lo hace cuando importa”.