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El discurso de Bush sobre Cuba
Andrés oppenhaimrer

¿Debe el Presidente hacer importantes discursos de política sobre Cuba como hizo el miércoles?, ¿o es contraproducente, dándole a la dictadura de Cuba la muy necesaria munición para alegar que es víctima de la agresión de Estados Unidos?

Antes de decir mi respuesta a este enigma, que ha dividido a los analistas de política norteamericana y a exiliados cubanos por décadas, vamos a dar un rápido vistazo a lo que los de línea dura, los moderados y los pacificadores tienen que decir sobre eso.

Los de línea dura dicen que es obligación de EE.UU., como la potencia democrática más grande del mundo, tratar de llevar la democracia a Cuba. El reporte del 2004 de la Comisión de Ayuda para una Cuba Libre, de Bush, y el discurso del Presidente el miércoles, son pasos en la dirección correcta, dicen.

Washington no puede aceptar una sucesión del convaleciente gobernante Fidel Castro a su hermano Raúl. Así como Estados Unidos impuso sanciones económicas sobre África del Sur para ayudar a terminar con el régimen de segregación de ese país, es su deber poner presiones económicas y políticas contra la gerontocracia cubana para abrir el sistema político de ese país, dicen los de línea dura.

Y cualquier cosa que uno pueda pensar sobre el embargo económico de EE.UU. a Cuba, levantarlo ahora proveería una importante victoria de propaganda a un régimen moribundo, dice el argumento de los proponentes de línea dura.

Los moderados señalan que la situación en la isla ha cambiado desde que un enfermo Fidel Castro transfirió el liderazgo diario a Raúl, su hermano más joven, el año pasado.

La Casa Blanca debería usar la oportunidad para ayudar a acelerar los cambios en Cuba, dicen. Por ejemplo, Washington debe facilitar los viajes de estadounidenses a Cuba, que además de negar a los norteamericanos sus derechos básicos de viajar a dondequiera, está manteniendo aislados y desinformados a los cubanos en la isla, sostienen los moderados.

Además, Washington debe poner al régimen de Castro a la defensiva, ofreciendo un levantamiento gradual del embargo comercial de EE.UU., a cambio de que Cuba tome medidas para abrir su sistema político, dicen.

Señalan que, ¿por qué no levantar unilateralmente un 25 por ciento de ese embargo e invitar a Cuba a dar un paso hacia la libertad de expresión? Es cierto que Cuba posiblemente no lo aceptará, pero Washington ya no se vería como muchos lo ven, el principal culpable en el drama cubano, dijeron los moderados.

Finalmente, los pacifistas creen que EE.UU. debe levantar los embargos económicos y de viajes inmediata e incondicionalmente.

Estados Unidos conduce robustos negocios con otras dictaduras comunistas como China y Vietnam, dicen. Además, las sanciones contra Cuba no han funcionado y se están volviendo cada vez menos significativas en momentos en que Venezuela está inyectando más de $2 mil millones anuales en la isla, dicen los pacifistas.

Las sanciones económicas norteamericanas sólo sirven para darle a Cuba una excusa para dilatar una apertura política.

Dejemos a un lado todas las sanciones y el verdadero impacto de los turistas y el comercio de EE.UU. traerá un cambio a la isla, sostienen los partidarios de la anulación de todas las sanciones.

Mi opinión: las peleas vociferantes de varias décadas entre Washington y La Habana sólo ayudan a distraer la atención mundial sobre el verdadero conflicto, que es el que sucede entre la dictadura y el pueblo cubano.

Como me dijo el líder de la disidencia cubana, Oswaldo Payá, en una entrevista telefónica desde La Habana horas antes del discurso de Bush, “nosotros no vamos a decirle al Gobierno cubano, o a Bush, que se callen, sino que es hora de que ambos escuchen al pueblo de Cuba”.

Bush —o cualquiera que lo suceda— debe separar la retórica de EE.UU. sobre Cuba: aumentar la defensa a los derechos humanos, al tiempo que asigna “programas” y “comisiones” norteamericanas para la transición de Cuba que huele a intervencionismo de EE.UU.

La defensa de los derechos humanos universales es una obligación internacional que Estados Unidos y otros países deben estar orgullosos de apoyar en Cuba.

La creación de programas y comisiones sobre la transición de Cuba huele a mezclarse en los asuntos internos de Cuba.

Bush merece elogio por haber hablado en apoyo de los derechos fundamentales de libertad en Cuba cuando gran parte del resto del mundo escandalosamente vuelve la cabeza en otra dirección.

Pero Bush le hace el juego a Castro cuando anuncia los planes de EE.UU. para la transición en Cuba. Es hora de hacer más de lo anterior, y menos de esto último.

(Corresponsal extranjero y columnista de The Miami Herald y El Nuevo Herald).

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