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Myanmar, crimen y complicidad
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Myanmar era una nación desconocida hasta hace unas semanas, cuando los medios de comunicación revelaron la masacre de monjes budistas, perpetrada por el régimen militar. Territorialmente es el país más grande del sureste continental de Asia. Se independizó del Reino Unido en 1948 como “Unión de Birmania”. Se convirtió en la República Socialista de la Unión de Birmania en enero de 1974 y luego volvió a su nombre original, en 1988. En 1989 el Gobierno adoptó el nombre de “Unión de Myanmar”. Limita al Norte con China; con Laos al Este; al Sur con Tailandia, al Oeste con Bangladesh, al Noroeste con India y al Suroeste con la Bahía de Bengala. Tiene un poco más de 50 millones de habitantes y una extensión de 676,552 km cuadrados, es decir, más de cinco veces el tamaño de Nicaragua. De hecho, en la escala de países más grandes del mundo ocupa el lugar número 40. Cuenta con muchos y variados recursos naturales —incluyendo gas natural—, pero es uno de los países más empobrecidos de Asia debido al mal gobierno y a la rampante corrupción de sus líderes.

Los militares de Myanmar se impusieron luego del golpe de Estado conducido por el general Ne Win en 1962, el cual dio al traste con el gobierno civil de U Nu y con la democracia de sólo 14 años (1948-1962). Desde entonces han utilizado fuerza y crueldad para responder a las demostraciones de protesta de este pueblo. En 1974 y en 1978 masacraron a cientos de manifestantes que protestaban contra el gobierno y la opresión política. En 1989 el general Saw Maung decretó la Ley Marcial como respuesta a las frecuentes y generalizadas protestas de los ciudadanos. En 1990 por primera vez en casi 30 años el gobierno ofreció elecciones parlamentarias libres. La Liga Nacional por la Democracia —el partido de la Premio Nobel de la Paz 2001, Aung Suu Kyi, hija del héroe nacional Aung San— ganó 392 de los 489 asientos, pero los resultados fueron anulados arbitrariamente por la dictadura militar. Las protestas resurgieron en agosto del año 2007, a raíz de que el gobierno aumentó el precio del gas y el diesel en un 500 por ciento para cubrir el déficit presupuestario, producto de su misma corrupción. Los militares han aplastado estas protestas y han impedido el acceso de la Cruz Roja Internacional para visitar a detenidos y torturados.

A inicios de septiembre los monjes de Myanmar se unieron masivamente a las protestas. El 19 de ese mismo mes unos dos mil de ellos condujeron manifestaciones en varias ciudades. Se desconoce el número de muertos, pero se estima en varios cientos. Los militares salen por las noches a cazarlos y dejan sus cuerpos tirados en calles, ríos o predios baldíos. La población vive permanentemente aterrorizada. A pesar de la férrea censura del gobierno contra los medios de comunicación y de las amenazas para que no reporten sobre las protestas, imágenes de monjes muertos dieron la vuelta al mundo y despertaron su conciencia sobre la situación de esta población abusada y humillada.

La comunidad internacional no ignora estas atrocidades, pero ha sido lenta en reaccionar. Estados Unidos y Gran Bretaña han tomado la iniciativa. No obstante, países como India y China, que tienen una gran influencia sobre la dictadura militar de Myanmar, se hacen de la vista gorda, sobre todo por intereses económicos. El martes 23 de octubre un enviado de las Naciones Unidas se reunió con líderes de la India, esperando que este país condene y apoye sanciones contra Myanmar, pero el gobierno indio prefiere hacer uso de “la diplomacia callada”. La razón de fondo es que el mes pasado, mientras las protestas estaban en su punto más crítico, el Ministro de Petróleo de India, Murali Deora, firmaba en Myanmar un contrato de exploración de gas por 150 millones de dólares. Aparentemente, Francia y algunas transnacionales tienen intereses económicos suficientes para defender el status quo en Myanmar.

La llamada “diplomacia callada” en estos casos es inmoral. El mundo debe alzar su voz y denunciar no solamente los abusos de los militares de Myanmar, sino también a los países que, al guardar silencio, se convierten en cómplices de los asesinos.

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