Los antiguos griegos tenían dos dioses del Sol. Uno de ellos era Helios, el otro Apolo y la diferencia entre ellos —según explica el mitólogo español José Antonio Pérez-Rioja— consistía en que Helios era el dios del Sol en el sentido astronómico y Apolo lo era en su significación espiritual y, por lo tanto, moral.
Helios, en tanto que divinidad personificada era hijo del titán Hiperión y de la titánida Tía, a la que también se le conocía como Basilea. Los titanes, como se sabe, eran los gigantescos hijos del Cielo (Urano) y de la Tierra (Gea), de manera que Hiperión y Tía eran hermanos entre sí. Y por lo tanto Helios era hijo y sobrino, al mismo tiempo, de Hiperión y de Tía.
Eos (la Aurora) y Selene (la Luna), quienes también eran hijos de Hiperión y Tía, por alguna razón que no se explica en la leyenda odiaban a su hermano Helios y se confabularon para matarlo, ahogándolo en el río Evidán. Tía casi se vuelve loca cuando supo que su hijo Helios había sido arrojado a las aguas del río y lo buscó afanosamente en sus aguas y riveras, tratando de encontrarlo o de recuperar su cadáver.
Tanto y en vano buscó Tía a su hijo Helios que por fin el cansancio la hizo quedarse dormida en la orilla del río Evidán. Entonces Helios apareció en el sueño de su madre para decirle que no se preocupara por él y que dejara de buscarlo, pues había sido admitido entre los dioses y que ahora el fuego sagrado del cielo llevaría su nombre, es decir, que se llamaría Helios.
Helios se casó con Perséis, una diosa secundaria que era hija del Océano y de Tetis y con esta procreó varios hijos famosos: Circe, la reina hechicera que se enamoró de Odiseo (Ulises) y lo retuvo en su isla cuando el héroe regresaba a su patria, Ítaca, después de la Guerra de Troya; Eetes, rey de la Cólquide, que era el lugar donde se encontraba el Vellocino de Oro; Pasifae, esposa de Minos, el rey de Creta que era hijo de Zeus y de Europa y quien construyó el Laberinto donde vivía el Minotauro, mítico ser mitad hombre y mitad toro; Perses, quien derrocó a su hermano Eetes del trono de la Cólquide pero fue castigado —asesinado— por un hijo de Medea.
Helios también amó a Rodas, una hermosa hija de Afrodita. Pero tan ardiente era la pasión de Helios por Rodas que la calcinó y la dejó completamente seca. Entonces, para inmortalizar a su amada Helios la convirtió en una isla que desde entonces se conoce como Rodas, la cual fue consagrada a la heliolatría —culto a Helios— y sus habitantes fueron llamados helíades.
Helios presidía las estaciones del año, protegía la vegetación y daba fertilidad a la tierra. Los griegos lo representaban como un hombre joven de cuerpo atlético y tan hermoso como Apolo. Su pelo era rubio y ondulado, los ojos le brillaban como el fuego y mostraba en la cabeza una corona de rayos tan lucientes como el Sol.
Cabe mencionar finalmente que en la historia hubo gobernantes que creyeron ser como el Sol. El caso más famoso fue el de Luis XIV, rey de Francia de 1643 a 1715 quien se hizo llamar “Rey Sol”. Y aún ahora no faltan gobernantes megalómanos que creen que, como el Sol, ellos dan luz, calor y vida a todo y todos los que los rodean.