La ambición por el poder no tiene límites en el ser humano. En Nicaragua los ejemplos de continuismo han sido muchos en nuestra historia y siguen. El colmo es que como nuestro sistema político no permite la reelección, ahora se pretende cambiar el sistema político para lograr una reelección disfrazada y si es posible indefinida, de “Primer Ministro”.
Mejor sería, como ironizó recientemente el vicepresidente Jaime Morales, que de una vez por todas declaremos la monarquía y tengamos reyes y condes a perpetuidad, con títulos reales hereditarios.
Las pretendidas reformas constitucionales no se dan porque el sistema presidencialista esté caduco o no haya resultado en Nicaragua, donde al menos no ha habido interrupciones del orden constitucional durante los últimos 16 años y hemos logrado una relativa estabilidad política, desconocida en nuestra historia, plagada de dictaduras y golpes militares.
Tampoco tiene su origen en que el presidente Daniel Ortega tenga una mayor vocación por el sistema parlamentario, porque él ha demostrado con hechos que le gusta más el autoritarismo chavista.
Por ejemplo: ¿acaso respetó la resolución de la Asamblea Nacional y la ley sobre el uso de los símbolos patrios? ¿Acaso respetó la resolución de la Asamblea Nacional para que no continúe despachando en su casa-partido-secretaria, confundiendo así la institucionalidad? ¿Acaso el presidente Ortega se apoyó en la resolución del parlamento cuando recomendó que removiera a la Presidenta de Enacal, doña Ruth Selma Herrera? ¿O cuando la Asamblea Nacional dispuso que los CPC no tuvieran funciones ejecutivas y el Presidente, de una manera ilegal, les ha dado poderes supraministeriales a sus instancias partidarias?
Pues bien, el presidente Ortega no parece tener en su dilatada trayectoria política ninguna inclinación parlamentarista, mas bien todo lo contrario. Como se recordará, Ortega ha sido candidato a la Presidencia desde el año 1985, además de coordinador de la Junta de Gobierno y dos veces presidente, lo cual deja claramente expuestas sus ambiciones continuistas. Es más, por 16 años Ortega fue diputado propietario, pero casi nunca concurrió al parlamento, delegando en Sergio Ramírez durante el primer período, Juan Manuel Caldera en el segundo período y Agustín Jarquín en el tercer período. Su récord de asistencia al parlamento es desastroso.
Pareciera que el gusanito del continuismo le ha picado también al doctor Arnoldo Alemán, quien aunque ya fue Presidente de la República, presidente de la Asamblea Nacional, ha dicho claramente que no le disgusta la idea de ser Primer Ministro, en caso de que el sistema presidencialista fuese cambiado a parlamentarista.
Pensando inocentemente, ¿no sería posible que estos dos personajes tengan intereses comunes, continuistas y quieran seguir con el pacto “forever”, cambiando incluso para alcanzar tal fin, nuestro sistema político de presidencialista —en donde evidentemente ya no tienen mucho futuro— a un sistema “pactamentarista”, donde con los votos de los diputados de ambos partidos puedan acceder nuevamente al poder en un futuro inmediato?
De esta manera se obviaría el paso engorroso de acceder al poder tras ser electo por el pueblo con una minoría de un 38 por ciento, que ha sido el techo máximo histórico de Ortega y con toda seguridad, por un porcentaje aún menor en el caso del doctor Alemán. Además, en el caso de Ortega habría que aprobar una reforma constitucional que permita la reelección continua, la cual está prohibida en nuestra Constitución.
Pero como los cálculos matemáticos de los votos en la Asamblea Nacional no dan para tal reforma, entonces los caudillos pactistas, que albergan sueños reeleccionistas, nos vienen ahora con el cuento del famoso “parlamentarismo”, que traducido a buen nicaragüense es sinónimo de “pactamentarismo”.
No debemos cambiar nuestro sistema político, pero sí debemos mejorarlo para erradicar para siempre la cultura del continuismo en nuestro país, para ello lo que debemos hacer es reformar la Constitución Política, para que no se permita la reelección absoluta en Nicaragua y así demos paso al surgimiento de nuevos líderes.