El hito espectacular que significó determinar la secuencia del genoma humano hace pocos años se continúa ahora a saltos cualitativos que vienen transformando la medicina moderna. Un logro añadido de esas investigaciones es que también vierten luz sobre el origen africano y la evolución de nuestra especie.
Esto último se desprende del “mapeo genómico” de la diversidad humana, que trata de descubrir porqué en un mismo medio, y a pesar de llevar un estilo de vida similar, algunos desarrollan cierta enfermedad mientras que a otros la salud les sobra.
Se habla ahora de la medicina “individualizada” que se apoya en una nueva disciplina: la fármaco-genómica, cuya idea central es preparar fármacos a la medida del paciente. Este planteamiento se basa en el principio de que cada individuo tiene un genoma propio —el total de su información genética— y, en consecuencia, el tratamiento de sus dolencias debería también corresponderse a esa individualidad.
Todo el conocimiento derivado del estudio del genoma que comprende tanto la biología general de un genoma patrón, como el análisis comparativo de muchos genomas, acarrea cambios no sólo en la forma de diagnosticar las enfermedades sino inclusive en el tratamiento y la prevención de las enfermedades.
Al referirnos a la individualidad del genoma, la exploración del concepto nos lleva a intuir la “diversidad” inherente al genoma de nuestra especie. Un dato emblemático de dicha diversidad es el 0.1 por ciento en el que difieren los genomas de dos individuos. Esa ligera, pero nada insignificante, variación, es la que nos hace diferentes no apenas en lo físico sino también en asuntos tan importantes como la propensión a ciertas enfermedades, así como en nuestra respuesta a los fármacos.
Veamos un ejemplo. Dos problemas serios en la terapéutica farmacológica son la falta de eficacia de los medicamentos y los efectos adversos. Si estas dificultades pudieran anticiparse, no sólo se lograrían beneficios clínicos sino que también se reducirían los costos. Para el médico de cabecera, tener conocimiento sobre la forma en que su paciente metaboliza el fármaco recetado es clave porque le aporta información sobre los efectos esperados y la posible toxicidad.
En estos procesos intervienen unas proteínas (CYP) de los hepatocitos, las cuales existen en más de 30 formas distintas. Algunos medicamentos, así como muchos químicos tóxicos, actúan sobre estas proteínas interfiriendo en su metabolización. En el caso de pacientes cardíacos, siquiátricos y de depresión clínica, los efectos secundarios pueden ser fatales.
Si nuestros genomas fuesen iguales, todos seríamos también gemelos idénticos o, puesto de otra forma, seríamos verdaderos “clones” naturales. ¿Qué nos hace diferentes? La respuesta pasa obligatoriamente por tecnicismos que a simple vista parecerían complicados pero que el lector curioso comprenderá fácilmente: polimorfismos o mutaciones puntuales; variaciones en la dotación genómica tales como duplicaciones, transposiciones, inserciones y deleciones; y, por supuesto, la variabilidad originada por la recombinación proveniente del entrecruzamiento en los cromosomas. Finalmente, recordemos que los genomas no son unidades estáticas y que cada uno de nosotros nace con al menos 15 mutaciones importantes por lo que algunos bromean con que todos somos mutantes de la misma especie.
Con todas las posibilidades científicas y técnicas de esta era postgenómica, el público se viene formando grandes expectativas, por lo que responsablemente los investigadores tenemos que aclarar que, para ver estos avances convertidos en realidades tangibles y en cotidianidad del consultorio, tenemos que llenarnos de mucha paciencia.
Entre los obstáculos para la incorporación de la medicina “individualizada” está la extrema cautela en la extrapolación de resultados de laboratorio a la práctica médica, y el retraso natural que conlleva debatir y consensuar todos los aspectos jurídicos y éticos. Además, algunos ensayos clínicos pueden llevarse décadas.
Otro asunto no menos importante es la urgencia de más investigaciones genómicas que abarquen grandes poblaciones humanas. Un ejemplo exitoso se publicó en un número de la revista Nature de julio pasado, en el que se presenta un trabajo que constó con muestras de 17 mil personas, y que conllevó a la identificación de marcadores para enfermedades tan diferentes como la diabetes, artritis y bipolaridad.
En lo que respecta a Nicaragua, el médico general tendría que mejorar sus habilidades y conocimientos de medicina molecular, ir más allá de la medicina de “moco y caca” —como bromeábamos los estudiantes de medicina de los años ochenta para quejarnos del énfasis dado a las enfermedades respiratorias y diarreicas—. Conviene promover también mayores habilidades de investigación científica, y principalmente el trabajo interdisciplinario, que conjugue la clínica con la biología molecular, para irnos aproximando al nuevo paradigma de la medicina moderna, molecular e individualizada.