El colombiano Rodrigo Armando Cruz convierte el dinero en agua. Y muchos de los pobres de su país esperan que jamás pierda ese don.
De lunes a viernes, como contador de la ONG Oxfam GB en Colombia, procura que el dinero donado para atender a unas 20,000 personas colombianas que escapan del conflicto armado se invierta en agua potable, atención en salud pública y saneamiento. Y que cada centavo del millón entregado por la Comisión Europea llegue derecho a las zonas necesitadas de su país. Y sabe hacerlo. Claro, tiene un MBA en la Universidad Externado de Colombia.
Con ese título, no es raro que Oxfam Internacional, entidad presente en 100 países y que no se cansa de advertir que tres niños mueren de diarrea en el mundo cada un minuto por beber agua en mal estado, se haya interesado en tenerlo en sus filas.
Lo curioso es que Cruz haya optado por trabajar en una ONG en vez de engrosar las filas de una compañía o un banco de inversión, con un sueldo mucho más alto. Pero no hay contraargumentos para su explicación: “Esto no se trata de dinero, sino de una gratificación personal”, dice. “Aunque cueste creerlo, en este siglo muchos no tienen el más básico de los recursos”, dice Cruz. “¡Cómo me voy a quedar tranquilo en casa!”, agrega.
Los beneficios están claros. Cruz ha recorrido Perú, Guyana Inglesa y Sierra Leona con programas similares.
Como Cruz, son miles los que encuentran en este tipo de trabajos una satisfacción que va más allá del dinero. Y, por su parte, las ONG están decididas a reclutar a personas como él para gestionar sus marcas, hacer crecer el área de influencia, establecer alianzas estratégicas o encontrar el foco correcto para insertarse en la sociedad civil.
“Es un hecho que las organizaciones más sofisticadas hoy están reclutando talento, pues muchas se gestionan como firmas privadas”, dice el académico Ignasi Carreras, director del Instituto de Innovación Social de Esade, en Barcelona. Para él en esta relación ambos ganan, pues muchos MBA están dispuestos a sacrificar renta en pro de la anhelada felicidad. “Muchos se sienten pagados llevando mejor calidad de vida a tierras o personas olvidadas”, dice.
Es el caso de la mexicana Iza Montoya, estudiante de Egade de Monterrey, quien lucha para que los adultos con trastornos mentales se inserten en el mundo laboral. “Siento que el corazón me explota cuando uno llega a un trabajo en una empresa formal”, dice Montoya, en Nueva León, en las oficinas de la ONG Andares.
O del colombiano Carlos Nivia, graduado de la Universidad Externado de Colombia, que hoy trabaja en la Unicef. “Si me queda un poco para ahorrar, está bien”, dice desde Nueva York. “No es fácil persuadir a los cercanos de que el dinero no lo es todo, menos aún cuando comento que uno de mis sueños es ir a Irak o Afganistán”.
REDES QUE ATRAPAN
Esade, junto a varias universidades de América Latina, la Fundación Avina y la Universidad de Harvard, es parte de la red Social Enterprise Knowledge Network (SEKN), cuyo objetivo es promover programas de formación para el emprendimiento social y que busca la creación de capital intelectual para que logren el éxito. Allí se estudian casos como la poderosa alianza entre la consultora Mckinsey y la ONG Ashoka.
“Trabajamos para el desarrollo de la profesión de los emprendedores sociales, combinando el conocimiento de Mckinsey en gerencia estratégica para grandes empresas y la experiencia de Ashoka en emprendimiento social”, dice la brasileña Tania de Falco, directora para América Latina de Ashoka-Mckinsey, desde São Paulo. “Los planes de negocios aplicados a proyectos sociales son un gran recurso para contribuir a la profesionalización, sostenibilidad y, principalmente, destacan por un impacto en el desarrollo social latinoamericano”, añade.
Con planes de negocios claros, las empresas pueden desarrollar el área de responsabilidad social de la manera correcta.
La mexicana Yadira Bayona es una de las que ven los resultados de esta unión. Graduada de MBA en Egade de Monterrey y con el cargo de Coordinadora de Iniciativa de Ashoka en Ciudad de México, hoy va al rescate de los pequeños productores. “En México hoy se pierden unas 500,000 hectáreas por falta de riego y los pequeños agricultores son los más afectados”, dice. Ante tamaño problema, en Mckinsey determinaron que el rescate de esas hectáreas perdidas era un mercado de US$ 7,200 millones.
“Con esa cifra en mano, animamos a la poderosa empresa Amanco para desarrollar sistemas de regadío en zonas que estaban abandonadas y generar al menos un porcentaje de esa cifra”, dice Bayona, quien comenta que también trabajan con Gamesa, Cemex y General Electric para desarrollar productos y servicios para la base de la pirámide social.
Una situación parecida es la de la ecuatoriana Tania Alexandra Jara, con MBA en Incae en Costa Rica. Como Asesora en Acceso al Mercado del Servicio Holandés de Cooperación al Desarrollo, busca crear servicios que sean un aporte para las empresas que buscan ser socialmente responsables. “Recientemente, persuadimos a la empresa criadora de aves Pronaca de comprar maíz en las zonas aledañas”, dice. “Con ello, revivimos a pequeños productores que antes no tenían trabajo”.
Otro caso de estudio de la Universidad de Harvard es la Corporación de Ayuda al Niño Quemado de Chile (Coaniquem). Su valor radica en que no sólo presta ayuda a los pequeños afectados, sino a sus familias. “Lograr una red de apoyo ha sido clave para lograr expandir la institución”, cuenta Hernán Carvallo, gerente general de Coaniquem y MBA en la Universidad de Thunderbird.
Hoy, gracias a la ayuda de varias empresas —como Lan, Cristales, TurBus, Farmacias SalcoBrand, Ambrosoli y Transbank, entre otras— en Coaniquem se atienden unos 8,500 niños por año. “Además en el centro internacional en la ciudad de Antofagasta, al norte de Chile, atendemos 200 de distintos países de la región”, dice Carvallo. El chileno es uno de los tantos convencidos de que las ONG alcanzan el éxito cuando se gestionan como una empresa privada. “Debes generar un plan de negocios, ordenar las estructuras para que funcione y crear alianzas estratégicas”, explica. “Y si todo funciona y las alianzas son buenas, el crecimiento no conocerá de fronteras”, explica.
Otra red es la que ha creado MBA Without Borders (MWB), organización fundada en Canadá en el 2004 y cuyo objetivo es contribuir al desarrollo de las naciones. Para ello, tiene una red de 2,500 personas con MBA y trabaja para que se inserten en ONG o empresas nacientes de África, Asia, Europa del Este, América del Sur y el Caribe.
Gracias a ellos el estadounidense O'Neil Spincer llegó a trabajar con su MBA en Chicago a los campos del estado mexicano Nayarit con la misión de impulsar las exportaciones de la pequeña empresa forestal Proteak. “¿Crees que la felicidad sólo está en Manhattan?”, dice entre risas. “El salario no es igual al de Wall Street, pero te aseguro que pocos han experimentado una satisfacción personal cercana a la mía”.
Son ejemplos del área de influencia de MWB, que hoy se puede ver en ONG de Ruanda, Polonia, Haití y Etiopía, entre otras naciones. Casos cuya existencia cobra más sentido en un mundo donde la caridad escasea.