Hoy celebramos el día de Nuestra Señora del Rosario. Conmemoración instituida por el Papa San Pío V en el año 1572, perpetuando la victoria en la batalla del golfo de Lepanto, en donde la liga católica venció al expansionismo turco, que había amenazado convertir en pesebrera la basílica de San Pedro, en Roma.
En este combate participó Miguel de Cervantes, máxima figura de la literatura española, quien escribió Don Quijote de la Mancha y al perder la inmovilidad de uno de sus brazos en la contienda quedó con el sobrenombre de “El Manco de Lepanto”.
San Pío V era devoto de la Virgen María y fervoroso del rezo del Rosario. Ese día, 7 de octubre de 1571, las fuerzas católicas, inferiores numéricamente, derrotaron a sus rivales. El Pontífice envió al regimiento triunfador el siguiente mensaje: “No fueron las técnicas, no fueron las armas, las que nos consiguieron la victoria. Fue la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Dios”.
En cada época de nuestra historia, en su contexto, la intercesión de María ha sido maravillosa. Ella continúa mediando, ante su Divino Hijo, por todas nuestras necesidades.
La batalla que hoy debemos ganar es aquella donde se manifiesta la consecuencia del pecado, personal y social. Pecado que es volver la espalda a la voluntad de Dios.
En cierta ocasión los discípulos le pidieron a Jesús que les aumentara la fe, a lo cual el Señor respondió, que si tuvieran la fe, aunque fuese siquiera del tamaño de un grano de mostaza, verían realizar cosas prodigiosas. (cfr. Lucas 17, 5-6).
El mayor portento que podemos pedir es la transformación en nuestras vidas. Una auténtica conversión. Una escala de valores en donde Dios y el prójimo ocupen el lugar primero.
Tentados vivimos en realizar nuestros proyectos, excluyendo a los demás, haciendo de la vida cristiana una caricatura de lo que está llamada a ser.
Así lo han expresado los obispos latinoamericanos, siguiendo las enseñanzas de los Pontífices: “La falta de coherencia entre la fe que se profesa y la vida cotidiana es una de las varias causas que generan pobreza en nuestros países, porque los cristianos no han sabido encontrar en la fe la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones de los sectores responsables del liderazgo ideológico y de la organización de la convivencia social, económica y política de nuestros pueblos. “En pueblos de arraigada fe cristiana se han impuesto estructuras generadoras de injusticia”.
Reducimos, muchas veces, la espiritualidad, a devociones vacías de contenido evangélico, siendo cristianos de momento, mientras estamos en la Iglesia, un rato a la semana, y el resto de ella, actuando de manera contradictoria al Evangelio. Salvo raras excepciones, miremos alrededor y examinémonos preguntando: ¿No somos acaso cristianos, o nos llamamos cristianos, los mismos que cometemos atroces injusticias en contra del hermano? ¿En dónde queda la experiencia de Cristo?
No sigamos practicando aquel refrán popular, que tanto daño nos hace: “A Dios rogando y con el mazo dando”.
La Virgen María no vivió una espiritualidad vacía, sino llena del Padre, llena del Hijo, llena del Espíritu Santo, que se tradujo en servicio, entrega incondicional a la causa de Jesús.
Virgen del Rosario, Auxiliadora de los Cristianos. Ruega por nosotros.