Topé con media docena de hombres desperdigados en un pasillo penumbroso. Parecían congelados, como estatuas apoyadas sobre la pared. Hice lo posible por no llamar la atención, pero algo los desconcentró cuando entramos. Requisaron con la mirada a mi acompañante y volvieron a ver hacia el frente. Más adelante me di cuenta de que ese es el “modus operandi” del lugar.
Continuamos caminando en medio de la oscuridad. Creí que íbamos en el camino equivocado y que tal vez estaban haciendo fila para entrar al servicio higiénico. Pero no, estaban viendo una película “a distancia”.
Ya en la mera sala del cine, con ayuda de la luz que reflejaban las dos rubias que protagonizaban una escena lésbica de sexo en la pantalla, me di cuenta que cuatro hombres más estaban en el mismo plan: De pie, “mirando”. Había ocho filas de butacas casi vacías, pero ellos parecían estar cómodos ahí.
Con tanto espacio y tan poca gente, nuestra elección fue fácil. Escogimos la penúltima fila, el lugar más poblado en pleno martes a las siete de la noche. No era uno de los mejores días, pero ni modo.
A la par nuestra había una apareja también de hombres. ¿Amigos? ¿Conocidos? No sé. Platicaban, reían, murmuraban. En la pantalla había un protagonista más, un moreno, los clientes del cine parecían más entusiasmados y comenzaron a ir y venir de un lado a otro.
Dicen que la gente llega más en “plan cacería” que para ver vídeos eróticos. Los que están en el pasillo “examinan” a todo el que entra y sale, si les parece atractivo, esperan que se acomode en un lugar y luego se le acercan. Así comienza todo. Quizás nuestra pareja vecina ya había cumplido el “protocolo”.
No sé por qué pero en ese sitio y a esa hora yo era la única mujer. Y no necesariamente era la “dichosa” del grupo sino, más bien, el “animal raro”. Nos sentamos a la derecha de dos hombres que no tardaron ni un minuto en cambiar de lugar. Los otros seis o siete que estaban en la fila de atrás también desfilaron uno a uno para ubicarse otra vez en el pasillo o ir al baño que queda al fondo.
— Se van porque no les gustan las parejas heterosexuales, me dijo mi acompañante.
El que no se inmutó fue un señor rechoncho vestido de medio luto, que desbordaba la butaca que lucía pequeña con él encima.
El viejo parecía estar en su casa y las butacas forradas con una imperceptible capa de esponja y tela roja no le incomodaban para nada. Pies estirados sobre la silla de enfrente, el brazo izquierdo desplayado sobre la silla del lado y la mano derecha llevaba un cigarro a la boca mientras observaba las escenas de sexo a lo cine mudo, sin volumen, ambientadas con el sonido de los motores de los carros que circulaban por la calle y los abanicos suspendidos en las esquinas de la sala.
Al regresar a la cafetería que está a la entrada, el mismo que nos vendió los boletos, nos preguntó qué queríamos. En el escaparate se exhibían tres hotdogs tan viejos que parecían de plástico, un montón de bolsas con más bolsas dentro y varias ristras de tortillitas guindadas sobre la pared.
— Tortillitas y gaseosas, por favor, le ordenó mi amigo.
— ¿Con pajillas?
— Sí, por favor.
El vendedor, que antes vigilaba la entrada, buscó entre la vitrina y escogió dos pajillas blancas que estaban junto a la bolsa con condones de todos los colores.
Esta vez cambiamos de rumbo. Tomamos las escaleras en forma de caracol que están a la izquierda de la entrada, en medio de paredes forradas con carteles de películas pasadas en los cines “normales”. Subimos a la sala VIP, un salón del segundo piso donde lo único que lo diferencia de la sala regular es el espacio reducido, el aire acondicionado y los diez pesos más que hay que pagar.
Los “very important people” pagan 35 córdobas y también se sientan en butacas duras.
Había unas diez personas. Igual que en la otra sala, todos se fueron. Había transcurrido un poco más de una hora cuando de repente la pantalla se tornó blanca. El vídeo había terminado. Y para seguir con lo peculiar, uno de los “clientes” del cine tuvo que salir de la sala a decirle al vigilante despachador de boletos, tortillitas y gaseosas que cambiara el disco porque la película había terminado.