Las expectativas que, el pasado martes (25 de septiembre, 2007), existían en Nicaragua sobre el discurso que pronunciaría ese día el presidente Daniel Ortega ante la Asamblea General de las Naciones Unidas eran favorables. La Cancillería había adelantado que el mandatario aprovecharía la ocasión para hacer un llamado a la solidaridad internacional frente a los estragos causados al país por el huracán Félix. Se trataba de aprovechar las candilejas internacionales para hablar a favor de su pueblo en un momento particularmente difícil, lleno de carencias y de incertidumbre.
Sin embargo, ocurrió algo distinto. Ortega guardó su discurso, convirtió el podio de la ONU en un promontorio de plaza pública y, en una arenga que superó el tiempo adjudicado, se dedicó a atacar a Estados Unidos con los epítetos más duros posibles, y a defender al régimen de Irán, que ha desafiado abiertamente a la comunidad internacional mediante un programa nuclear con tintes militares. De paso, también lanzó flores al inevitable Hugo Chávez y sus proyectos de “solidaridad” e “integración” latinoamericana.
Como corolario de su discurso y de su postura, al día siguiente Ortega comprometió a su país a participar en un “frente de lucha a favor de la paz”, del cual los organizadores son nada menos que los iraníes. Es decir, los lobos uniéndose para defender a las ovejas.
Si Nicaragua produjera una gran cantidad de riqueza, como es el caso de Venezuela con el petróleo, la actitud confrontativa de Ortega, aunque siempre deleznable y miope, al menos no pondría en riesgo inmediato el bienestar de su pueblo, porque el flujo de dinero permitiría paliar su aislamiento y esconder cualquier disparate de su política económica. Sin embargo, Nicaragua está entre los cuatro países más pobres de nuestro hemisferio. Su producción aún es insuficiente para cubrir las necesidades básicas de la población y del funcionamiento del Estado. Por esto, colapsaría sin los mercados y sin la ayuda internacional.
En la actualidad, Estados Unidos es el principal comprador de sus productos y donante directo; los países europeos y Japón lo siguen en importancia, mientras varios organismos multilaterales ligados al mundo occidental, como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, proveen de fondos indispensables para proyectos. Nada de esto podrán compensarlo ni la retórica ni las promesas de Irán o Venezuela. Porque, a pesar de los desplantes de Chávez, hasta ahora la real asistencia brindada a los nicaragüenses ha sido escasa y totalmente ineficaz.
Los países serios que sí donan y de los que, en verdad, depende Nicaragua constituyen, en este momento, la primera línea de crítica hacia el régimen iraní, por un programa nuclear que, aunque disfrazado de intenciones civiles, ha dado suficientes muestras de estar encaminado a la producción de armamentos atómicos. Aliarse activamente a Irán, como lo ha pregonado Ortega, es precisamente abrir la vía para un choque directo con quienes dan respiración artificial a su país y a su gobierno. Y lo peor es que los nicaragüenses no obtendrán nada a cambio.
Además de una gran irresponsabilidad, el curso internacional de Ortega revela muchas otras cosas, todas preocupantes: su falta de aptitud como Presidente, la desarticulación en el seno de su Gobierno (recuérdese el incumplido adelanto de la Cancillería), su alejamiento de las verdaderas necesidades del pueblo, su aislamiento de la realidad nacional e internacional, y un profundo desdén por las consecuencias de sus actos. Hasta dónde llegará es algo impredecible. Pero lo hecho hasta ahora es suficiente para perjudicar gravemente a Nicaragua y, por supuesto, preocupar a sus vecinos.