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¿Casarse o “estar juntos”?
Adolfo Miranda Sáenz
El autor es ministro laico católico

Dios nos creó con la capacidad de amar para entregarnos al ser amado; y también con el instinto sexual que conduce a la procreación (“Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; varón y mujer los creó y les dio su bendición diciéndoles: crezcan, tengan hijos y sometan la creación... Y Dios vio que era bueno”. Génesis 1: 27, 28, 31). El fin de la unión del hombre y la mujer es amarse y brindarse ayuda mutua, disfrutar del placer sexual y tener hijos. El amor es mutua entrega, sacrificio y fidelidad (“Carne de mi carne y hueso de mis huesos”. “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola persona”. Génesis 2: 23 y 24; Efesios 5: 31).

Cuando una pareja se casa implica un compromiso: “Me entrego a ti y prometo amarte y serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. Ese compromiso de total entrega para “compartir la vida” es el matrimonio, necesario para la estabilidad familiar y el equilibrado desarrollo de los hijos.

No se puede negar el mérito de quienes por diferentes circunstancias tuvieron que criar a sus hijos solos, y estos no necesariamente fueron disminuidos en su formación y capacidad. Pero no es esa la situación natural y conveniente a la que debe aspirar la sociedad humana. Los hijos necesitan de un hogar estable donde reciban la influencia del padre y de la madre.

El cine y la televisión promueven una campaña mundial contra el matrimonio; y también los anticonceptivos facilitan el uso del sexo sin temor a embarazos, sólo por placer... sin amor... sin compromiso. De esta manera el hombre y la mujer se convierten en “un objeto de placer”. Se habla de “estar juntos”, usándose para satisfacer el deseo sexual... como se usa una olla o un plato para satisfacer el deseo de comer, o una letrina para satisfacer otras necesidades.

Además de las razones sociológicas y sicológicas que abundan a favor del matrimonio, los cristianos creemos en la santidad del mismo como sacramento instituido por Dios. Habría que preguntar a los padres: ¿orientan a sus hijos a ser “objetos de placer sexual”, como ollas o platos desechables, o a ser “personas” que se respetan y que construirán familias estables basadas en el amor?

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