La escenografía y el vestuario trasladaban a los tiempos del antiguo León y los actores encarnaban de la mejor manera a los personajes, haciendo que el vasto público se convirtiera en testigo ocular de la vida del gran maestro José de la Cruz Mena, durante la VIII Gala Cultural de la Universidad Americana, que se realizó el pasado sábado en la Sala Mayor del Teatro Nacional Rubén Darío.
El espectáculo, que duró cerca de dos horas, mezcló danza y actuación para recrear las principales facetas de la vida del compositor y evidenciar las condiciones de vida en las que creció, los amores imposibles, las paredes económicas que lo separaban de su amada, sus grandes sueños y ambiciones y las oscuras horas de agonía que padeció a causa de la lepra.
Después de un breve recorrido de la muerte por el escenario, se abrió el telón con la primera escena que mostraba a Mena durante su niñez. Luego, convertido en un hombre, parte de León hacia Managua, iniciando así un recorrido hacia la gloria que quedaría inconcluso a causa de la enfermedad que acabó con sus sueños.
Los actos de la obra —entre los que se destacan las reuniones de José de la Cruz con el Presidente de Nicaragua, Honduras y El Salvador, mientras estos alababan las creaciones del joven—, eran acompañados de melodías ejecutadas por la Camerata Bach, que le daban un toque sentimental a cada una de las escenas, además de los valses que danzaban las doncellas mostrando la opulencia de la burguesía de la época.
LA EMOTIVIDAD DE LA MUERTE
Los momentos de aquejo y agonía del protagonista fueron sin duda los más emotivos de la obra. José de la Cruz, ya resignado a la muerte, con la vista perdida y los dos dedos que aún conserva, aguarda la esperanza de que el vals que compuso pueda ganar el primer premio en los Juegos Florales.
Desde el primer balcón del Teatro se escuchó un grito: “Ese vals es de Mena”, toda la audiencia volteó y otras personas en el público continuaron exclamando frases similares, causando sensación entre los asistentes. Los gritos eran parte de la obra y ese traslado, de la escena del escenario al público, le dio mayor realce y sentimiento.
Al terminar la función, llovían los aplausos sobre los actores, mientras un grupo musical ejecutaba una versión moderna de Ruinas, composición de Mena, con guitarras eléctricas y batería.