Andábamos tristes porque los grupos nicaragüenses presentados no habían dado la talla en sus presentaciones. La obra El Escarabajo, de Harold Agurto y dirigida por Erasmo Alizaga, vino a levantar un poco el ánimo.
Decimos un poco porque aún esa puesta debe limar varios detalles, pero de manera general Paul Gurdián y Marina Obregón desempeñaron con dignidad sus papeles.
Basados en la obra La Metamorfosis, de Kafka, el autor recrea el eterno conflicto del artista en su torre de cristal, la enajenación necesaria para infundir la pasión que insufla al arte.
El personaje de Eva funciona como el otro lado de la moneda, como el ying y el yang. Ella es más terrenal, más centrada, ubicada en su tiempo y espacio, pero Manuel, que se cree un gran actor que aún no ha tenido su oportunidad, es el ser neurótico y con una sensibilidad extrema que se nutre de su arte.
Es una versión moderna y pinolera del albatros de los poetas franceses, en un reparto cualquiera de Nicaragua: grandes alas para volar que le impiden caminar en la tierra y lo vuelven torpe, inútil socialmente.
Eva y Manuel juntos constituyen la unidad dialéctica necesaria para que el arte fluya con razón y sentimiento, con elevación de espíritu pero arraigado en su tiempo.
Los actores desempeñan con dignidad sus papeles, pero en ocasiones presentan dificultades al pronunciar ciertos parlamentos, hay retrocesos y equivocaciones, aspectos que deben seguir perfeccionando.
Paul aún tiene que trabajar más en su escarabajo, que sólo en la escena final comienza a configurarse ante nuestros ojos como tal, pues al inicio, aún con los efectos lumínicos sólo se destaca un chavalo con una pana amarrada a la espalda, haciendo contorsiones.
Si algo fue lamentable en esta puesta fueron algunos parlamentos, donde el público sintió unas burdas “chifletas” contra otros colegas o instituciones teatrales. Fue de mal gusto, no era necesario usar el escenario para “pasar cuentas” a quienes no son de su agrado. El arte debe estar por encima de esas mezquindades.
El Escarabajo, de Agurto, es una pieza más interesante y más lograda que su puesta anterior Inminencia, donde no cuajan algunos de los recursos empleados. Harold Agurto, por su juventud y talento, tiene muchas posibilidades en el teatro nicaragüense de los próximos años.