Al presidente iraní Mahmoud Ahmadineyad le debe encantar el clima tropical: en los últimos doce meses, se ha pasado más tiempo en América Latina que el presidente norteamericano George W. Bush.
La visita de Ahmadineyad a Venezuela y Bolivia la semana pasada fue su tercer viaje a la región desde septiembre del 2006. Comparativamente, Bush sólo ha hecho una visita a la región en el mismo período.
Lo que es más, Ahmadineyad —cuyo apoyo a grupos terroristas y promesas de “aniquilar” al estado de Israel han generado alarma en Estados Unidos y Europa en torno al programa nuclear de Irán— difícilmente podría estar firmando más acuerdos de cooperación con Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.
La semana pasada, horas después de que la Presidenta de Alemania, Angela Merkel, comparara en las Naciones Unidas a Ahmadineyad con Adolfo Hitler, el presidente iraní recibió una bienvenida de héroe del Presidente de Bolivia, Evo Morales, en La Paz, y prometió US$1,100 millones en ayuda a Bolivia en los próximos cinco años. Poco después, en Venezuela, Ahmadineyad confirmó un reciente compromiso para crear un fondo de inversión conjunto de US$2,000 millones.
Irán ya se ha convertido en el segundo mayor inversionista en Venezuela, después de Estados Unidos y recientemente inauguró un vuelo comercial semanal de Iran Air entre Teherán y Caracas. Los vuelos están repletos de funcionarios gubernamentales y empresarios cercanos a ambos gobiernos, según reportes de prensa.
Además de abrir una embajada en Bolivia, Irán está aumentando su personal diplomático en toda la región. Tras asistir a la toma de posesión del presidente nicaragüense Daniel Ortega y recibir dos medallas del nuevo mandatario en enero, Ahmadineyad destinó unos 20 funcionarios a su embajada en Nicaragua, que actualmente es una de las más grandes en este país, según fuentes diplomáticas.
A principios de este año, asimismo, la Cancillería iraní organizó su “Primer Seminario Internacional sobre América Latina” en Teherán.
¿Qué está buscando Ahmadineyad en América Latina?
En primer lugar, está buscando apoyo para defenderse de las demandas de Estados Unidos y Europa de que Irán detenga su programa nuclear, o lo someta a observadores internacionales. Venezuela y Cuba fueron, junto con Siria, los únicos tres países que apoyaron el programa nuclear de Irán en un voto en el Organismo Internacional de Energía Atómica de las Naciones Unidas en febrero del 2006.
En segundo lugar, Ahmadineyad quiere contraatacar a Estados Unidos en su propio continente, financiando a grupos antinorteamericanos y amenazando con desestabilizar a gobiernos afines a Washington, para poder negociar con la Casa Blanca desde una posición de mayor fuerza. Tras la invasión de Estados Unidos a Irak, el gobierno de Irán parece estar diciéndole a Washington: “Tú te metiste en mi vecindario, ahora yo me meto en el tuyo”.
En tercer lugar, la popularidad de Ahmadineyad está cayendo en Irán, y probablemente necesite que la televisión de su país lo muestre siendo recibido como un héroe en otros países.
Thomas Shannon, el encargado de Relaciones con Latinoamérica del Departamento de Estado, me dijo en una reciente entrevista que Irán “quiere mostrar a sus propios ciudadanos que no es un país diplomáticamente aislado”.
¿Hay preocupación en Washington por las visitas de Ahmadineyad a América Latina?, le pregunté. Shannon respondió que Estados Unidos está preocupado por los nexos de Irán con los terroristas de Hezbolá, que entre otras cosas fueron responsables del ataque a la mutual de la comunidad judía en Buenos Aires en 1994, que dejó 85 muertos y 300 heridos.
“Lo que nos preocupa es el historial de actividades de Irán en la región, y especialmente su lazos con el Hezbolá, y los ataques terroristas que se llevaron a cabo en Buenos Aires”, dijo Shannon. “El pasado es prólogo”.
Mi opinión: si Ahmadineyad estuviera cooperando con Argentina en la investigación del ataque terrorista de 1994 en Buenos Aires, o no estuviera pidiendo la “aniquilación” de otros países, no habría nada de malo que países latinoamericanos acepten la ayuda económica de una petrodictadura teocrática, a pesar de su ideología fascista.
Pero la creciente presencia de presuntos diplomáticos y empresarios iraníes en Venezuela, Nicaragua y otros países de la región trae aparejado el peligro de que agentes iraníes respaldados por su gobierno empiecen a infiltrar otros países de la región para apoyar a grupos terroristas o totalitarios, como probablemente pasó en Argentina en 1994. La importación del conflicto del Medio Oriente o de la disputa iraní norteamericana a territorio latinoamericano claramente beneficia a Irán, pero es un juego peligroso para los países latinoamericanos.
A menos que Irán pruebe que no estaba involucrado en el ataque terrorista de 1994 en Buenos Aires, como lo está pidiendo el gobierno argentino, los países de la región deberían mantener al régimen fascista iraní a una prudente distancia, antes de que sea demasiado tarde.
Corresponsal extranjero y columnista de El Nuevo Heral y The Miami Herald