En la modesta oficina desde donde despacha en su negocio, Hubert Silva aparece en fotografías retratado junto a David Ortiz y Manny Ramírez, los temibles bateadores de los Medias Rojas. También está con el ex big leaguer pinolero Marvin Benard y muchas otras celebridades del juego, lo mismo que en una gráfica que lo muestra en el Fenway Park de Boston, mientras se juega la Serie Mundial del 2004.
Tiene además otras fotos alzando el trofeo de campeón nacional del beisbol de Primera División. Son tres en total. Y en años distintos. Lo cierto es que cada vez que ha ido a una Final, la ha ganado. Lleva tres títulos en tres incursiones disputando el campeonato nacional del beisbol nica.
Eso es para enorgullecer a cualquiera, y más aún, si se toma en cuenta que hasta hace 12 años, Silva no tenía ningún vínculo con el beisbol. Su mundo estaba circunscrito al campo, con sus vacas y, sobre todo, sus toros.
“A los 12 años comencé a montar toros y estaba atrapado por un ambiente que probablemente ya había acabado conmigo”, señala Silva, mientras comienza a desenhebrar sus recuerdos en su tienda deportiva.
Hubert, de 37 años, es ahora tan conocido como el billete de a diez, pero detrás de esa imagen aparentemente angelical, hay un fiero luchador, cuyo carácter ha sido sometido a prueba a menudo y ha salido a flote.
Actualmente es el manager campeón, pero antes fue campisto, bombero en una gasolinera, lavador de carros y afanador en una oficina.
A menudo se le ve sonreír, pero ha llorado mucho, algunas veces tras el éxito, o después de una acusación de haber vendido juegos, mientras perdía su trabajo como scout de Boston.
Sin embargo nada parece doblegarlo. Después de su separación del Bóer, tras una acusación de supuestos partidos amañados que nunca se probó, ha regresado triunfante, con un campeonato con el Granada.
LA PRENSA habló con Silva en su establecimiento y se explayó en detalles sobre su vida, que ahora compartimos con ustedes.
SU HISTORIA
Muchos como yo, te vemos, pero en realidad no te conocemos...
Siempre digo que a mucha honra, soy una persona del campo. Nací en una comarca llamada El Arroyo, que queda a unos cuatro kilómetros antes de llegar a Nandaime. Y desde temprano, mi mundo fue el campo con sus animales y sus plantas, sobre todo con su ganado.
¿Y ahí jugaban beisbol?
Claro. De ahí son Alfredo Medina, Francisco Cruz y todos los Murillo como Alejandro y muchos otros que jugaron en Primera División. Sin embargo el beisbol no me llamaba la atención. Mi pasión era el ganado y ese era mi trabajo, cuidar ganado, y desde chavalo aprendí a montar toros.
¿Te gustaba ese ambiente?
Sí, me gustaba, pero también quería salir a la ciudad. Miraba que ahí había más chance de salir adelante y me fui a trabajar al empalme de Nandaime, ahí había unos trigales y me ocupé de cuidarle unas vacas a un señor que se llamaba Augusto Murillo. Ese señor, tenía un hermano, Humberto Murillo, quien me motivó a irme a la ciudad (Nandaime) y a los 12 años, me le fui a mi papá.
SU PRIMERA VEZ EN EL CINE
¿Cómo fue la experiencia de llegar a Nandaime a vivir?
No me da pena decirlo, pero yo estaba asustado de la ciudad, de su parque, de su cine y de las cosas que una ciudad te ofrece. Los primeros días no salía de la casa porque tenía miedo perderme, y fijate que un día me pasó una vaina. Me llevaron al cine y como todo chavalo curioso, quise tocar la pantalla. Me levanté del asiento y comencé a caminar. Yo no sabía que el piso tenía un declive para que los de atrás pudieran ver. Perdí pie, y caí, y luego me fui de rodada hasta la pantalla. Ahí nomás encendieron las luces y todo mundo riéndose y gritando. Yo por supuesto, estaba avergonzado.
¿Y por qué querías tocar la pantalla?
Chavalada de uno. Quería tocar al artista y me caí. No pude.
Y lo de montador de toros, ¿de dónde salió?
De las mismas vagancias de uno y de los que caminan con uno. Me hice amigo de varios chavalos y me iba con ellos a las fiestas patronales de Nandaime. Un día, uno de ellos me enganchó que yo era un buen montador de caballos y que montara toros. Y agarré la vara.
Montador de toros
¿Y qué tal montador eras?
Bueno. A los 12 años era muy conocido como un buen montador. Digamos que esa edad, yo ya tenía mi fama en Nandaime y como las muchachas me agarraban y me besaban, yo encantado. Y a esa edad, uno no mide el riesgo.
¿Y qué decían tus papás?
Ellos sufrían. Mi mamá lloraba y mi papá me buscaba, pero como yo miraba a la gente gozando en la barrera, me envicié y seguía montando. Llegó un momento en el que buscaba sólo los toros de más reputación. Había uno que le decían el “Diablo Negro” porque sólo las chibolas de los ojos eran blancas, y la gente me decía que no lo montara, que me iba a matar, y lo monté.
¿Y cómo saliste con ese toro?
Después de tres brincos, yo no sabía si estaba arriba del toro o si estaba en el suelo. Eran tan violentos los saltos que daba el toro, que me desmayé arriba de él. Y la gente que sabía que el toro era bueno, me lo amarraron, y me bajaron. Recuerdo que quedé con un aire en la nuca y un gran dolor de cabeza.
¿Ahí dejaste de montar?
No. Al contrario, al día siguiente monté otro toro para que con sus brincos me enderezara la nuca, y así fue. Y seguí montando. Era como un vicio que no podía controlar. Incluso, tuve una lesión en el cerebro y ni eso me hizo desistir.
¿Y cuándo dejaste de montar?
Cuando conocí a María José, la que hoy es mi esposa. Me hizo escoger, o ella o los toros. Y como estaba enamorado desde que la vi, me quedé con ella, y ahí estamos todavía, luchando juntos.
¿La conociste mientras montabas?
No. La conocí cuando coincidimos en un balneario que se llama Las Salinas, en Rivas. Desde que la vi me gustó y después que le tiré el cuento y agarré, me vine para Managua, sin conocer. Pasé dos horas en la gasolinera Shell de la Centroamérica porque no sabía para qué lado agarrar, pero ella pasó y me vio y digamos que me rescató.
¿Ahí te trasladás a Managua?
Sí, comenzamos a jalar y me pidió como condición que me viniera para Managua. Yo accedí con la condición que yo iba a trabajar y ella me consiguió un trabajo como bombero en una gasolinera, pero como me pagaban muy poco, me pasé a lavar carros. De ahí me corrieron porque choqué cuatro carros de Enitel. Lo que pasa es que quería aprender a manejar, y como dejaban la llave de los carros puesta, yo los movía y los choqué. Luego trabajé en una oficina en Iniser y desde ahí comencé a vincularme más con el beisbol.
Un rápido y productivo camino al éxito
Hubert Silva tiene ahora campeonatos en todas las categorías en las que ha dirigido. El más reciente es el de la Primera División, ganado con los Tiburones del Granada.
Sin embargo, todo comenzó una tarde, mientras caminaba con su esposa embarazada por las calles de Batahola Sur, en Managua, y vio en un predio baldío próximo a la Embajada de Estados Unidos, a unos chavalos jugando.
“En lugar de estar jugando con los niños en la calle con bola de calcetín y disgustando a la gente que pasa, deberías hacer un equipo y te venís a jugar a ese campo”, le dijo su esposa.
Ahí se inició todo. Hubert armó su equipo y para no preocupar a sus padres quienes temían un accidente al cruzar la Carretera Sur, Silva los amarraba de las manos con un mecate y se pasaba con ellos a la vez.
“El primer año nos apalearon. Nos fue mal. Pero me puse a trabajar con ellos todos los días y comencé a ‘piratear’ chavalos de los otros equipos y armé un buen conjunto. Fuimos campeones de la Liga de Batahola y luego nos movimos a otros circuitos como la 14 de Septiembre y también ganamos”, recuerda Silva.
Por sus equipos pasaron chavalos como Gonzalo López, Ofilio Castro, Ronald Garth, William Juárez, Mario Peña y muchos otros que fueron firmados para el beisbol rentado.
Su ascenso fue tan rápido que después de prevalecer en un campeonato de campeones en Managua y quedar tercero en un Nacional, fue promovido por Nemesio Porras y su ex esposa, Dulce, a manager del Bóer Juvenil, desde donde le abrieron espacio en la tropa de Primera División, conducida por Julio Sánchez.
“Ahí hacía de todo, pasaba tanda, agua, lo que fuera, aunque no estaba inscrito. Al año siguiente, Omar Cisneros llegó al Bóer y me nombró su coach, pero no nos fue bien y cuando quitaron a Omar, Byron Jerez me nombró manager del equipo y ahí comenzó mi carrera.
Silva recuerda que cuando Jerez le propuso el puesto de mentor, lo tomó con un gran temor que ni siquiera recuerda lo que dijo a los peloteros aquel primer día de entrenamiento.
“Creo que los saludé y les dije que necesitaba que me ayudaran. Ahí no más, les dije que Julio Sánchez era el entrenador general y lo puse a hablar. Tampoco sabía cómo dirigir las prácticas, pero Julio se puso al frente y me ayudó en todo”, asegura.
Al final de la temporada, y en una de las reacciones más dramáticas, el Bóer de Hubert Silva se quitó una desventaja de 3-0 en el octavo inning del séptimo juego ante el Chinandega, para ganar 4-3 y llevarse el título.
“Ni yo podía creer que eso había pasado. Pero ocurrió. Luego vino la parte más difícil de mi vida, con la acusación injusta que se me hizo, pero salí a flote y aquí estoy, disfrutando este tercer campeonato que logro en seis años como manager y la verdad que todo se lo debo a Dios, que ha puesto a ángeles como Martín Madriz en mi camino”, aseguró.